De las armas biológicas a la guerra biológica en la historia de Colombia


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Armas biológicas en territorio colombiano

En nuestra historia los primeros que emplearon las armas biológicas fueron los indígenas, en virtud a su gran conocimiento de la naturaleza circundante. Ejemplos de esto son los hoy conocidos venenos indígenas del pacuruniara, el curare y la batracotoxina. Los indios catíos del Chocó emplearon la planta Pacuruniara (Ogcodeia toxicaria), para envenenar sus flechas, cuyo efecto se asemeja al de la digitalina y del curare.16

Las diferentes comunidades indígenas de nuestras selvas amazónicas utilizaron el curare que tiene una poderoso efecto paralizante en la placa neuromuscular. Los indígenas de la costa pacífica conocieron la poderosa batracotoxina de las ranitas de los géneros Dendrobates y Phyllobates. En este último se encuentran la P. bicolor (“neará”), P.aurotaenia (“kokoi”) y la P. terribilis, esta especie con un veneno de tal toxicidad que un miligramo del mismo es suficiente para matar a 10 personas de 70 kilogramos de peso cada una.17

Entre las primeras víctimas fatales conocidas de estas armas biológicas de los indígenas colombianos figura Juan de la Cosa, quien, a bordo de la Santa María, acompañó a Colón en su primer viaje y se hizo famoso por la elaboración, a su regreso, del primer mapamundi.

Los cronistas dejaron testimonio escrito sobre estas armas biológicas indígenas: gran número de venenos, en muchas yerbas, de que usan los indios para matar a sus enemigos18... porque los naturales tenían e tienen yerba que en veinte y cuatro horas mata, e si fuese toda en flechas la tenían en menos, pero hace solo indio un manojo de púas de palo de palma e va una india vieja e pónelas por el camino e al pasar que pasa por allí alguien, como la está la púa entre las yerbas y no ve, con solamente picarles es mortal y así han muerto muchos, aunque de presente no es tanto el mal que hace como solían;19 ........por los caminos tienen siempre estos indios de Pícara grandes púas o estacas de palmas negras, agudas como de hierro puestas en hoyos y cubiertas muy sutilmente con paja o hierba.20

Por ser tan nombrada en todas partes esta hierba ponzoñosa que tienen los indios de Cartagena, Santa Marta, me pareció dar aquí relación de la composición della, la cual es así. Está hierba es compuesta de muchas cosas... un cacique... me enseñó unas raíces cortas, de mal olor tirante el color dellas a pardas y díjome que por la costa el mar, junto a los árboles que llamamos manzanillos, cavaban debajo la tierra y de las raíces que aquel pestífero árbol sacaban aquellas, las cuales queman en unas cazuelas de barro y hacen dellas una pasta, y buscan unas hormigas tan grandes como un escarabajo de los que se crían en España, negrísimas y muy malas, que solamente de picar a un hombre se les hace una roncha, y le dan gran dolor que casi lo priva de su sentido,... también buscan para hacer esta mala cosa unas arañas muy grandes, y así mismo echan unos gusanos peludos, delgados, complidos como medio dedo... hacénla también con las alas de murciélago y la cabeza y la cola de un pescado pequeño que hay en el mar, que ha por nombre peje tamborino, de muy grande ponzoña, y con sapos y colas de culebras y unas manzanillas ... otras hierbas y raíces le echan a esta hierba, y cuando la quieren hacer aderezan mucha lumbre en un llano desviado de sus casas y aposentos... 21 ....Las armas eran flechas de yerba, porque como no comían la carne de los que mataban no les importase quedase infecta.22

Por la práctica indígena de utilizar flechas envenenadas contra los españoles, estos llamaron San Sebastián, al primer hospital de Cartagena, en advocación de este santo que resistió el suplicio de las flechas.23

Los indígenas también usaron como arma biológica los venenos de la escopolamina y los glucósidos cianogénicos del borrachero y la yuca brava, respectivamente: cuarenta soldados de Quesada que iban de Bogotá a Chocontá perdieron temporalmente la razón cuando llegaron a un lugar donde les atendieron las mujeres indias que les mezclaron a los alimentos semillas de una planta conocida con el nombre de borrachero; así mismo, otro cronista refiere que los soldados: andaban como tontos y beodos.24 .....fue la causa las yucas boniatas.25 Recuérdese que la yuca brava es de las pocas plantas venenosas que el hombre ha sabido aprovechar como alimento.

Ante la persistente resistencia de los indígenas yaregüies, carares y pijaos, y la incapacidad de derrotarlos a través de la directa confrontación armada, los españoles acudieron a la táctica de guerra de tierra arrasada para poderlos sojuzgar. En el gobierno del famoso Presidente, de capa y espada, de la Real Audiencia, Don Juan de Borja, en los primeros años del siglo XVI, se destruyó sistemáticamente los cultivos de pancoger de los pijaos.26

En las luchas intestinas entre los bandos de los patriotas también se utilizaron sistemas de guerrear en donde se trató de derrotar al enemigo a través de acciones contra las fuentes de aprovisionamiento de aguas. A principios de 1815 por las diferencias y enfrentamientos entre los granadinos, al intentar Simón Bolívar presionar a las autoridades de Cartagena a participar en su lucha contra los realistas asentados en Santa Marta, el gobierno de aquella ciudad ordenó quemar casas y destruir los pozos de agua dulce de los alrededores de ciudad que pudieran ser de beneficio para aquel.27

En marzo de 1820, siete meses después de la Batalla de Boyacá, un batallón patriota asentado en Sogamoso fue objeto por parte de las supérstites fuerzas adictas a España de un ataque biológico, por medio de la tradicional bebida de la chicha, a la que parece le agregaron un tóxico, probablemente el borrachero - escopolamina. Entra la tropa hubo varios muertos.28

En nuestra historia así como se han empleado las armas biológicas para combatir a los enemigos, se ha aplicado, por los menos en dos casos, la violencia de la guerra contra focos de lepra, que los contemporáneos de esos eventos, han tolerado.. En el sitio de Cartagena por las fuerzas del Pacificador Pablo Morillo, el general realista Francisco Morales tras librar combates con los patriotas en la isla de Tierrabomba, donde funcionaba el lazareto de Caño del Loro desde 1806, ordenó quemar las chozas de este hospital y pasar por las armas a los enfermos de lepra, animado muy seguramente por el desprecio sobre estas personas y un criterio de «higiene».29 Con un propósito de lucha antimicrobiana obraron las autoridades colombianas sobre el mismo lazareto de Caño de Loro en 1950. En el gobierno de Mariano Ospina Pérez los Ministros de Higiene, Doctor Jorge E. Cavelier y Alfonso Carvajal Peralta, después de desalojar a los enfermos, planearon y permitieron, respectivamente el bombardeo aéreo del lazareto entre el 21 y el  24 de septiembre de 1950.30

Tras el cese de la Guerra Fría con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, los conflictos regionales existentes en diferentes partes del mundo se debieron reacomodar desde el punto de vista político y logístico. Así, la guerra insurgente que se libraba en el país desde finales de los años sesenta se ajustó a este nuevo fenómeno internacional. Lo hizo acudiendo a la autofinanciación a través de fenómenos como el de las batidas secuestradoras, a manera de las que hicieran los esclavistas europeos en el África negra y en los siglos de dominio colonial, entre las poblaciones indígenas de la Orinoquia y la Amazonia; con la participación del negocio del narcotráfico y con el chantaje, atentando contra las instalaciones y los oleoductos, sobre las compañías petroleras que funcionan en el país.

Nuestra actual guerra por una de sus características, la de ser irregular y librarse en prácticamente todo el territorio nacional, aumenta la incidencia y prevalencia de las enfermedades transmitidas por los vectores, como la malaria, el dengue y la leishmaniasis, y en algunas regiones hasta permite que aparezcan casos de fiebre amarilla. Una de estas enfermedades, la leishmaniasis, ha dejado entrever, en algunas regiones del país, por parte de las fuerzas del gobierno, cierto control sobre el medicamento específico para ella, el glucantime.

La guerra actual también ha mostrado como las FARC, el ELN y las Autodefensas han atacado reiteradas veces a los hospitales, a los centros de salud y a las ambulancias, asesinado personal de los servicios sanitarios e impedido en general el cumplimiento de la llamada misión médica, agravando así las enfermedades y heridas ocasionadas por el mismo conflicto.

Nuestros indígenas si bien emplearon armas biológicas, ellos jamás libraron una guerra con consecuencias ecológicas funestas, gracias a su particular cosmovisión, que les señalaba y les señala que el hombre es sólo una parte de la naturaleza y nunca su dueño. Su cosmovisión chamanística, distante del antropocentrismo judeo-cristiano occidental, estuvo y está estructurada en un respeto por la vida de todas las especies.

Al convertirse, los «señores de la guerra» que operan en el país, FARC, ELN, Autodefensas, etcétera, en beneficiarios del narcotráfico, a través de «impuestos», «peajes» sobre la producción, o participando directamente en él, sembrado, instalando «laboratorios» en la selva y adecuando pistas clandestinas en medio de la manigua para los aviones de las narcotraficantes, lo que han hecho es convertirse en poderosas fuerzas motrices de destrucción de nuestras selvas, de alteración grave de las cabeceras de los ríos, en el caso de los cultivos de amapola, de contaminación de los ríos y de merma significativa de todo tipo de fauna silvestre. Es decir en su lucha desesperada por autofinanciarse han activado una guerra contra la biodiversidad de nuestro país y están contribuyendo para que el hambre y la escasez de agua sean en un futuro no muy lejano un serio problema para el pueblo colombiano.

Similares consecuencias sobre las aguas y la biodiversidad tienen las voladuras de los oleoductos que practican en su guerra de baja intensidad de fuego estos «señores de la guerra» en su afán de dejarse notar o de «llegar al poder», más no de hacer la única y verdadera revolución que nos merecemos los colombianos: dejar de hacer la guerra y vencer la corrupción. Todos estos furiosos y obcecados militantes de grupos armados ilegales al luchar de esta forma contra el Estado, están llevando un tipo de guerra de tierra arrasada similar a la que libraron las naciones contendientes en la Segunda Guerra Mundial, o las potencias imperialistas europeas contra sus colonias africanas en los años 60 o los norteamericanos contra los vietnamitas. Están librando una guerra contra el presente y el futuro del pueblo colombiano.

Al operar de esta forma las guerrillas y los paramilitares lo único que nos demuestran es que su actitud política está respaldada en un crudo antropocentrismo y un desconocimiento total sobre el valor que para el ser humano debe tener toda expresión de la vida en nuestro hogar de montañas, selvas, planicies, ríos y mares, que en definitiva es este pedazo de planeta en él que nos tocó vivir: Colombia. Ellos operan como si fuera inagotable la capacidad de resistencia de la vida ante los abusos que comete el hombre contra ella, ellos operan como si el discurso y saber ecológico no estuvieran enriqueciendo la visión del hombre occidental desde mediados del siglo XX y como si, en consecuencia, la bioética no hubiera nacido como una hija dilecta de esta nueva conciencia universal. Ellos operan en contra de la naturaleza y del hombre. Su guerra tiene terribles consecuencias ecológicas. Su guerra es insostenible desde la mirada de la bioética. Como a los hombres se les juzga principalmente por lo que hacen, no por lo que dicen, ellos son unas fuerzas ecocidas, reaccionarias y retardatarias.

Los Estados Unidos al definir, después del cese de la Guerra Fría, sus nuevas prioridades de seguridad nacional, comenzaron a hablar de la guerra al narcotráfico. Y es así que para enfrentar el consumo de sustancias psicotrópicas, principalmente el consumo de cocaína, nacido como consecuencia de su derrota en el Vietnam y por su acelerado mundo de producción y consumo, la atención de ese país se centró, no en cambiar las condiciones internas generadoras del consumo o de legalizar el tráfico, para así regularizar el mercado de oferta y demanda, sino en una estrategia policiva y militar contra la producción.

Gran parte de esa estrategia se ha fundamentado en una política de fumigación de los cultivos en los países productores de coca. En Colombia esta fumigación sobre los cultivos de coca y de amapola ha tenido serias consecuencias sobre las selvas y los cultivos de pancoger de los diferentes campesinos y colonos atrapados en ese nuevo «El Dorado».


Los Estados Unidos han llegado a tal extremo que han presionado al gobierno nacional, que gracias a un debate interno no ha cedido, a emplear contra los cultivos de coca y amapola, las cepas del hongo Fusarium oxisporum y Pleospora papaveraceae. El uso de estos agentes biológicos equivaldría, según algunos científicos, a un juego de ruleta rusa, ya que una vez liberados en el medio ambiente, los hongos letales no podrían ser recogidos.

 

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