Anotaciones sobre la
tragedia de la Grecia clásica

Rubén Salazar Gutiérrez, M.D.

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Con el presente ensayo pretendo presentar de manera breve pero comprensiva, algunas de las bases sobre las cuales se fundamenta la definición y el concepto de la tragedia en la Grecia clásica. Parte del material se obtuvo de los estudios sobre Homero en la Iliada y de las investigaciones e interpretaciones realizadas sobre La Poética de Aristóteles, obra que como ninguna otra, ha influido de modo definitivo en las reflexiones sobre la tragedia y en la tragedia misma, y de la cual se dijo en los alrededores del siglo XV, que el número de ediciones del texto griego había sido solo superado por las del texto en griego de la Biblia. De La Poética son sus celebradas doctrinas, en su mayor parte representadas por sentencias perentorias de unas pocas y concisas líneas, las cuales han despertado el interés y la polémica de innumerables filósofos. Se destacan, Nietzsche con su trabajo El origen de la tragedia; Hegel en su Teoría de la tragedia, Max Scheler en Sobre lo trágico, Walter Kaufmann en Tragedia y filosofía, Werner Jaeguer en su obra Paideia, Shopenhauer, Hume y numerosos helenistas.

Preguntarse como lo han hecho algunos, si es posible escribir tragedias en nuestros días suena como una paradoja, puesto que nuestros tiempos son esencialmente trágicos. Si nosotros no hemos presenciado tragedias ¿quién las ha presenciado?Pero, son los acontecimientos trágicos en el mismo sentido en que lo son las obras?. Hay algunos criterios para dilucidar lo que es trágico?. Vamos por lo pronto a tratar de considerar estas preguntas.

Casi nadie se atrevería a negar que el genocidio de los Armenios después de la primera Guerra Mundial, el holocausto Judío durante la segunda, Hiroshima y Nagasaki, la “limpieza” étnica en los Balkanes, los recientes terremotos en Turquía y El Salvador, la violencia y barbarie terrorista entre nosotros, son acontecimientos trágicos como unos de los pocos ejemplos entre los muchos que se siguen presentando en nuestros días. Sin embargo, hay quienes consideran una tragedia el asesinato de John F. Kennedy, el de Martin Luther King. y el de Gandhi. Se suele creer que la muerte de un hombre joven, con un gran potencial por llevar a cabo, es más trágica que la muerte de un anciano, especialmente cuando la vida de este anciano importa únicamente a unos pocos, como la mujer que Raskolnicov decide matar, en Crimen y castigo.

Estos pocos ejemplos muestran como las consideraciones sobre los acontecimientos de lo trágico son vagas, e imprecisas. En cierto modo, lo que parece inevitable es particularmente trágico, mientras que lo evitable no lo es: perder la vida durante la guerra aparentemente es menos trágico que perderla momentos antes del armisticio.

Sin embargo, muchas de las creencias largamente compartidas sobre lo trágico no se ajustan a las mejores obras griegas. El lenguaje ordinario no  dice cuál de estos usos conflictivos del término es el mejor y puede deducirse que quienes restringen  la palabra a uno de los usos, o a unos pocos de ellos, en realidad están utilizando un término técnico, pero la mayoría de las discusiones de este tipo son por completo estériles.

Lo que ha convertido al libro de Rudolf Otto, El fenómeno de lo sagrado, en una contribución importante para nuestra comprensión de la religión, es el hecho de describir, cómo cierta curiosa e intensa experiencia, “lo numinoso” o sobrecogimiento ante el misterio, es común en la mayoría de las religiones; de igual modo, el concepto de “sagrado” se encuentra en casi todas las lenguas y la palabra no se remonta a una fuente lingüística única sino más bien todas ellas señalan una experiencia común.

El caso de lo trágico es muy diferente. No hay una palabra igual en todas las lenguas, excepto la que acuñaron los griegos al final del siglo VI en Atenas, sea ya prestada o adaptada. El concepto no está basado en una experiencia humana común, sino en una forma de literatura que fue creada en Atenas por Esquilo y sus sucesores inmediatos, Sófocles y Eurípides. Las obras en cuestión no se llamaban tragedias por el conternido, sino porque tenían alguna conexión con las cabras y la palabra griega para cabra es “tragos”. Empero, el adjetivo trágico deriva de tragedia. De este modo la explicación usual de tragoidia es “canción de la cabra” (tragon oide ); se supone que originalmente el coro estaba formado por sátiros que, de alguna manera tenían el aspecto de una cabra.

Sin embargo, G. Else, en “The Origin and Early Form of Greek Tragedy, ha argüido que esta explicación es falsa, pese a las afirmaciones de Nietzsche, G. Murray y la escuela de filólogos clásicos de Cambridge. Su tesis, discutida brillantemente, es que tragoidoi era el titulo oficial de los participantes en la tragedia, quienes competían por el premio y que el “primitivo premio” para el “trágico” competidor era una cabra. Es muy probable que el nombre tuviera un uso irónico cuando fue concebido por primera vez; por lo pronto nos lo sugiere el nombre “bardo cabra”. El competidor original en la competición trágica, y por lo tanto, el único poseedor del titulo de tragoidos antes del año 509 o 502 fue el poeta trágico, quien era, además, su propio actor. Entonces, la palabra tragoidia procedió de tragoidos.

El Oxford Enciclopedy Dictionary identifica, con razón, “un acontecimiento infeliz o fatal, o una serie de acontecimientos en la vida real; una terrible calamidad o desastre” como un uso meramente figurativo de la palabra “tragedia”, cuyo uso se remonta incidentalmente a principios del siglo XVI. La primera aparición de la palabra “trágico”es en 1545 y la anécdota es esencialmente la misma en todas las lenguas.

La tragedia nace, según Platón, con Homero a quien consideró como el mayor poeta trágico. Su Ilíada sirvió de inspiración a Esquilo y Sófocles cuyas tragedias fueron consideradas por el mismo Esquilo, como las migas del gran banquete de Homero.

El papel serio e implacable de la muerte como centro fundamental de la literatura griega comienza en el pensamiento occidental con Homero. La Iliadacolocó el morir, aunque no la muerte misma, en el centro del escenario y perfiló la tradición de las literaturas posteriores, en el sentido en que la muerte no es la enemiga del éxito o de la fuerza creadora sino su motivación, dado que la contemplación de la muerte constituye el único factor que nos hace anhelar la inmortalidad.

Existe, además, otra cualidad en la Iliada que dejó una decisiva señal en la tragedia griega: su profunda humanidad, en la cual se experimenta el sufrimiento como sufrimiento y la muerte como muerte, incluso cuando se trata del enemigo: “Diomedes mató a los dos, dejando a su padre desconsolado”. Y más tarde, Diomedes compara sus armas con el arco de Paris, diciendo: “un solo golpe puede matar un hombre, dejar a su esposa con las mejillas laceradas, y a sus hijos sin padre”.

En este sentido, sin duda alguna la escena más admirada es la de Héctor y Andrómaca, cuando ésta le dice: “Héctor, no piensas en tu hijo ni en tu desdichada esposa a quien vas a convertir pronto en una viuda. Y cuando yo te haya perdido mejor me sería el estar muerta. No habrá ningún consuelo después de que te hayas enfrentado con tu destino, no habrá más que dolor. No tengo padre ni madre ahora. Mi madre murió bajo el gran Aquiles cuando saqueó nuestra bella ciudad. Hubo un día que tuve siete hermanos en casa, hasta que se fueron a los Hades. Así pues tu eres, Héctor, mi padre, mi madre, y mi hermano, así como mi querido esposo. No conviertas a tu hijo en un huérfano ni a tu esposa en una viuda”.

Pocas obras literarias registran tantas muertes y Homero tiene un pertinaz interés en contarnos por qué lugar del cuerpo entró y salió la lanza; tiene la observación científica propia de los griegos con los hechos; pero a pesar de ello la muerte es muerte, el dolor es dolor y los soldados no importa cuáles, ni en que bando estén, tienen padre y madre, y muchos de ellos esposa e hijos. Así, entre pausas y disgregaciones sabiamente alternadas, la acción transcurre hacia su término con gradación siempre creciente, hasta la implacable crueldad del combate final y el escarnio infligido al cadáver del héroe vencido.

Pero, no obstante, el poeta purifica y redime esta ferocidad con la piedad del vencedor que llora frente al anciano suplicante: el rey Príamo, padre de la víctima. De igual manera, en un acto de comportamiento humanitario, supera el odio entre aqueos y troyanos, entre vencedores y vencidos, mira al enemigo con simpatía conmovida y los asocia en la gloria de su canto.

No es posible, hoy menos que nunca, pasar por alto estos episodios que  recuerdan el doloroso contraste existente entre la continua violación de los más elementales derechos humanitarios en nuestro país, y los gestos de humanidad narrados, aún en medio de una lucha sangrienta como lo fue la guerra de Troya. Esta actitud correspondía tanto a un deber, como a la manera de ser del espíritu griego.

 

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