|
|
Indice de la revista - Pagina1 - Pagina 2 El universo kafkiano Franz Kafka es indudablemente uno de los escritores que mayor impacto ha causado en la literatura del siglo XX y en la cultura contemporánea del mundo occidental. Su influjo en el mundo de las letras se ejerció sobre los intelectuales europeos de mediados del siglo y se advierte también en la obra de escritores latinoamericanos de la categoría de Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. Nació en Praga, en 1883, en el seno de un hogar de la burguesía judeo-alemana en la época de la decadencia del Imperio austrohúngaro, y en los primeros años de su vida se expresó solamente en checo, el idioma de sus padres. A partir de sus estudios escolares adquirió el alemán como segunda lengua y en ese idioma escribió toda su obra literaria; pero, a pesar de haberlo llegado a dominar con maestría, solía decir a menudo: “En el idioma alemán soy solamente un invitado.” Hizo sus estudios de leyes sin ambicionar nunca llegar a destacarse como abogado; trabajó sin entusiasmo en el establecimiento de comercio de sus padres, y fue empleado a regañadientes en una Empresa Estatal de Seguros contra accidentes de trabajo hasta pensionarse por enfermedad poco antes de su muerte. Ninguna de sus actividades de trabajo pudo darle satisfacción intelectual alguna; consideraba que el tiempo utilizado en el desempeño de sus labores eran instantes robados a la literatura, momentos perdidos de una vida, que como la suya, sentía que no habría de durar largo tiempo. La literatura era la única razón de ser de su existencia y a ella dedicaba en plena soledad el poco tiempo libre de sus tardes y buena parte de sus noches. La experiencia adquirida en su trabajo no le fue improductiva; le habría de servir para escribir algunas de sus obras maestras, como “El Proceso”, “La construcción de la Muralla China” y “En la Colonia Penitenciaria”. El mundo psicológico de Kafka era de una extraordinaria complejidad; un verdadero universo en el que los hechos emocionales que influyeron y en cierta forma determinaron su obra literaria, corrían parejo con el indiscutible genio de escritor que resplandece con brillo sin igual en sus libros a pesar de las fuerzas psicológicas devastadoras y aplastantes que afectaron su vida. No fue Kafka un enfermo mental en el sentido estricto de la palabra sino un ser abrumado por el peso de factores psicológicos adversos que se pusieron de manifiesto desde su temprana niñez. Y en el propio operar de su psiquismo, a lo largo de toda su existencia, se destacan los ciclos variables de sus emociones y las oscilaciones de su temperamento y su carácter, que se extendían desde la manía desbordante, fugaz y transitoria que se advierte en “La Condena”, hasta la melancolía depresiva y casi inextinguible que impregna “La Metamorfosis”, quizás la más extraña y la más trascendente de sus obras. Su vida estuvo marcada por la ansiedad y por el miedo; por intensos sentimientos de culpa y de minusvalía que se constituyeron el denominador común de su vida afectiva; por un notable desarraigo del medio familiar, religioso y social; por la incomunicación con sus seres queridos, que no le comprendieron, y por una especial dificultad para ubicarse en el mundo cambiante en que le correspondió vivir. De otro lado, la penosa relación con su progenitor, admirablemente descrita en la célebre “Carta al padre” que nunca llegó a entregarse a su destinatario; sus fracasos sentimentales; la hipocondría de su adolescencia y de su edad madura que dio origen a una enfermedad psicosomática en ocasiones casi invalidante; y finalmente la tuberculosis de los últimos siete años de su vida, contribuyeron a hacer más doloroso y arduo su peregrinar. Estas graves perturbaciones de la vida emocional del escritor, permiten comprender el por qué de su inmensa soledad y resaltan las características básicas de su tragedia existencial. Solamente la literatura pudo proporcionarle breves momentos de solaz y fugaces instantes de sosiego; el solo hecho de escribir, le permitía alcanzar los aislados momentos de tranquilidad espiritual en que sentía la conciencia plena de su propio valer. Fue gracias a su intensa actividad literaria como pudo superar y sublimar muchas de las situaciones aciagas que le brindó el destino. Los diarios que llevó con esmero desde los veintisiete años de edad hasta casi el final de su vida, fueron publicados treinta años después de su muerte y en unión con varios centenares de sus cartas tienen una extensión similar a la de toda su prosa literaria. Los Diarios y las Cartas, escritos en lenguaje corriente y sin mayores pretensiones literarias, constituyen, a mi modo de ver, los documentos más valiosos de que se dispone para aproximarse al estudio de su psicología. En los Diarios, Kafka consignaba para sí mismo sus sentimientos íntimos, sus ingenuas impresiones del vivir cotidiano; señalaba sus dudas y sus vacilaciones; revelaba su inseguridad y sus temores infantiles, y mostraba la imprecisa realidad de su mundo interior y el miedo que sentía frente a un universo exterior amenazante e incomprensible. Las Cartas revelan además los mecanismos defensivos de su psiquismo: la manía con que solía escribirlas vertiginosamente; la melancolía que impregnaba su alma ante las frustraciones de su diario vivir; la hipocondría enfermiza con la que intentaba buscar en los demás algún apoyo, alguna comprensión, y la depresión infinita a que le conducían sus fracasos en casi todos los órdenes de la vida. Las Cartas y sus Diarios tienen importancia indudable. No se las puede desestimar como correspondencia intrascendente o como sencillas anotaciones sobre el diario transcurrir de su vida; deben considerarse, más bien, como elementos valiosos al servicio de la creación literaria porque en ellos se destaca mejor su universo melancólico y se reflejan con mayor nitidez las características de su extraña personalidad. Pero, es en sus grandes novelas y cuentos, en sus curiosas parábolas y en sus sorprendentes paradojas en donde se pone de manifiesto el brillo singular de su intelecto. Sus comentaristas han insistido en afirmar que sus obras traducen las vicisitudes de la vida personal de su autor; que es patente que en los hechos de los protagonistas de “El Castillo”, “El Proceso”, “América” y “La Condena”, se representan muchos de los aconteceres de su biografía, y que “La Metamorfosis” puede eventualmente interpretarse en forma simple como una simbolización de la pobre e inadecuada relación con sus padres. Pero, es evidente también, que el escritor llega mucho más allá de simples referencias a las circunstancias penosas de su propia existencia; de allí que los estudiosos de su obra intenten formular nuevas interpretaciones, distintas a las convencionales, sobre el oculto sentido que contienen sus libros. Es un hecho incuestionable, y verdadero además, que su magnífica prosa nos permite acceder a la profundidad de un pensamiento expuesto siempre con sobriedad y elegancia, con honestidad y con altura, y admirar su impecable lenguaje literario, que en las buenas traducciones de sus obras en diversos idiomas, permite descubrir dos de los elementos fundamentales de su literatura que se entrelazan íntimamente el uno con el otro: el lenguaje del absurdo y el de los sueños. En un contexto musical, “absurdo” significaba originalmente “sin armonía”. De ahí su definición según el diccionario: “sin armonía con la razón, incongruente, no razonable, ilógico; lo desprovisto de propósito.” Por otra parte, el vocablo tiene también relación con la incomunicación de los seres humanos entre sí y con su soledad en medio de las multitudes; con las limitaciones del lenguaje verbal como instrumento del pensamiento; con la inercia humana que conduce al conformismo con lo rutinario, con lo ya establecido; con la búsqueda de objetivos que se alejan para siempre cuando se está a punto de alcanzarlos, y con la eterna pregunta sobre la realidad en un mundo en el que todo es incierto y en donde la frontera entre lo real y lo onírico siempre es cambiante. En las obras de Kafka, el absurdo aparece simbolizado por el hombre sensible perdido en un mundo convencional y rutinario; un ser humano que carece de nombre definido; que en “El Castillo” es simplemente K., y en “El Proceso” apenas Joseph K., como si la pérdida del nombre le permitiera en cierto modo alcanzar una mayor libertad ya que lo innominado no está bajo control alguno. Es el tema del hombre perdido en una oscura encrucijada; el personaje que en “El Castillo” es citado a un lugar al que nunca puede llegar, y en “El Proceso” es juzgado y condenado por un delito que no cometió y cuya naturaleza le fue desconocida. Y, en ese extraño mundo del absurdo, como lo señala Ionesco, si el hombre no posee pauta alguna que le señale su camino es porque no quiere poseerla; de allí los sentimiento de culpa, ansiedad y deseo de castigo, que en “El Proceso” y en “La Condena” se presentan al lector como una sumisa y pasiva aceptación del destino. Kafka señala con maestría las características similares del mundo en que vivió y aquel en que situó a los protagonistas de sus obras. El laberinto sin salida en que se mueven sus personajes y que los atrapa sin remedio, y las rutinas burocráticas confusas, complicadas e inútiles, irán con el tiempo a caracterizar el apelativo de kafkiano, que en cien idiomas, se aplicará al caótico modelo de sistemas y trámites desesperantes y de lenta aplicación, con sus sofocantes e irritantes legalismos y leguleyismos, que hacen imposible llevar a buen término las acciones que requiere la sociedad para funcionar correctamente. El universo de Kafka es el teatro del mundo en el que el ser humano se encuentra sin salida. El mundo kafkiano no se parece a ninguna realidad conocida; es una posibilidad extrema y no realizada del mundo humano, y es, a la vez, una mezcla de sueño y realidad tan íntimamente ligados entre sí, que en ocasiones lo onírico y lo real se hacen indistinguibles. Con el lenguaje del absurdo, Kafka se anticipó en treinta años a las obras del Teatro del Absurdo, cuyos principales representantes no vacilaron en señalarle como uno de sus precursores más notables. Pero además, Kafka conocía intuitivamente la existencia de un lenguaje simbólico, el de los sueños, en el que las experiencias internas, los sentimientos y los pensamientos, se expresan como si fueran experiencias sensoriales y acontecimientos del mundo exterior. Comprendía que ese lenguaje tiene una lógica distinta del lenguaje convencional de todos los días, una lógica en la que el tiempo y el espacio no son las categorías dominantes y en donde, en un sólo instante, pueden acontecer múltiples hechos, porque en el campo de lo inconsciente no existe el transcurrir del tiempo y el concepto de espacio es también relativo. Un lenguaje universal dominado por la intensidad de las experiencias y sus asociaciones que es preciso entender si se quiere conocer, por ejemplo, el significado de los mitos, los sueños y los cuentos de hadas. El lenguaje olvidado del hombre del que habría de hablar Erich Fromm muchos años más tarde. Kafka utilizó el lenguaje de los sueños para elaborar con maestría “La Metamorfosis” y muchos de sus cuentos y fábulas. Empleó figuras de animales, producto de sus ensoñaciones oníricas y de sus fantasías conscientes, para simbolizar con ellas los hechos de la vida cotidiana y, gracias a su imaginación, no le fue difícil hacer nacer chacales que hablan, galgos que caminan erguidos, topos gigantes de cuya existencia sólo se atreven a dudar las gentes incrédulas, perros que investigan las condiciones en que viven las especies perrunas y que reflexionan sobre sus propias vidas y sobre sus errores para explicarse por qué a veces caen en la desesperanza, y simios amaestrados que discuten sobre la libertad humana que creen poder alcanzar a través de la evolución, siempre con el temor de que les traiga no sólo nobles sentimientos humanos sino también desoladores desengaños. Los lenguajes de Kafka, si se me permite emplear el plural para referirme a lo versátil de su prosa, ayudan a despejar un tanto el misterio de la extraña personalidad del escritor; permiten vislumbrar la fuerza de un espíritu capaz de transformar sus placeres, sus padecimientos y hasta sus tristezas y su desamparo en obras literarias maestras, y señalan diáfanamente la verdad contenida en un hermoso pensamiento de Goethe, que alguna vez consignó en sus Diarios: “Todo lo dan los dioses a sus preferidos de un modo total: todas las alegrías infinitas, todos los dolores infinitos....” Al día siguiente de su muerte, acaecida el 3 de junio de 1924, el doctor Robert Klopstock, quizás el único de sus médicos con el que había logrado mantener una amistad sin condiciones, escribió unas palabras que compendian sus sentimientos hacia el amigo desaparecido: “Tan rígido, severo, inaccesible, es su rostro, como puro y severo fue su espíritu; el rostro de un ser de las más noble y rancia estirpe. La dulzura de su existencia humana ha desaparecido; sólo su espíritu incomparable se refleja aún en su rígido rostro, tan hermoso como un busto de mar2mol. |