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| ANECDOTARIO | |
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Apuntes para la historia del Hospital de San José Doctor Francisco Arango
Cuando ingresé al hospital el presidente era el doctor Rodríguez Acevedo y director el doctor Enrique Torres Herrera. De estos nombres no estoy bien seguro. El síndico del hospital era el doctor Jorge Wills Pradilla.
En ese año de 1.941-1.942 éramos once internos y de los residentes me recuerdo de los doctores Alonso Carvajal y Bernardo Botero. Para recreación teníamos en el primer piso un salón especial con billar y salas de ping-pong, y el comedor para internos y residentes lo atendía una de la Hermanas de la Presentación, cuyo nombre lo recuerdo en forma indeleble, era la hermana Imelda. La tengo siempre presente por su manera cariñosa y cálida con que nos atendía. El papel que desempeñaban las hermanas de la caridad era fundamental, por su bondad, especial cuidado del enfermo y vigilancia de un extremo aseo.
En esa época todo el personal femenino de áreas generales y las enfermeras auxiliares, dormían en el hospital en el antiguo pabellón de Santa Inés, por lo cual, la vigilancia de las hermanas era necesaria. Cada pabellón lo manejaba una hermana de la caridad, lo mismo que en las salas de cirugía. Fuera de la de Zoilo Cuellar, el hospital tenía además las salas Maldonado y Sierra. En mi sentir, las hermanas de la caridad eran el alma del hospital.
La fundadora fue la hermana Martina. Las hermanas parece que llegaron en 1.928 y desafortunadamente se retiraron en 1.981, cuando yo estaba de presidente del hospital. Las directivas de esa época lamentamos profundamente el retiro de las hermanas y en tal sentido me dirigí a la Superiora Prinvincial, en carta que debe reposar en los archivos. Me contestó en una extensa carta explicándome los motivos. En definitiva quedaron muy pocas hermanas. Es preciso recordar las áreas tan importantes que ellas manejaban, como eran los pabellones de enfermos, las salas de cirugía y la botica, manejada con especial dedicación por la hermana San Eduardo durante muchos años. La Universidad Javeriana le solicitó a la Sociedad de Cirugía en 1.945 que se encargara de las clases clínicas de sus alumnos, mientras terminaban el Hospital San Ignacio.
La sociedad se encargó de la docencia hasta 1.965 cuando los alumnos se retiraron a su propio hospital. La Universidad cubría una suma mensual por los gastos de docencia. El hospital se dio cuenta de lo importante que era tener alumnos de pregrado, por lo cual las directivas empezaron contactos con otras universidades. Se conversó con la Universidad de los Andes y la Universidad Libre, que nos manifestó su deseo de asociarse, pero las directivas resolvieron entablar contactos firmes con Monseñor Castro Silva, ilustre Rector del Colegio. Se hizo un contrato de docencia,la cual duró prácticamente hasta 1.998, fecha en la cual el hospital abrió su propia facultad de medicina.
La estructura física del hospital en esa época era muy distinta a la magnífica que presenta en la actualidad, sólo hasta 1.943 se practicó una pintura general. Las salas de enfermos eran las antiguas de estilo francés, largos pabellones con camas a lado y lado. En 1.965 se dividieron en Colombia los servicios de órganos de los sentidos, siguiendo la tendencia universal de Oftalmología y Otorrinolaringología. Yo continué en el primero e hice toda la carrera docente, primero como adjunto, después como jefe y profesor, hasta que me retiré de la docencia como profesor honorario de la facultad de medicina del Rosario.
De mis largos años en el hospital conservo recuerdos imperecederos como son los que ocurrieron el 9 de abril de 1.948; el día anterior había nacido en el hospital mi hija Alina, y los heridos que llegaron al hospital en el curso de ese día fueron atendidos por los once médicos que estábamos allí. Las salas de caridad estaban desocupadas, porque Bogotá padecía un terrible verano y el hospital acababa de recibir un completo surtido de drogas, las cuales casi se acaban el mismo día, pues a las 6 de la tarde habíamos atendido centenares de pacientes y pudimos hospitalizar un poco más de 200. El que nos dio un ejemplo de resistencia física fue el profesor Cubides Pardo, quien permaneció prácticamente 48 horas atendiendo pacientes de su especialidad. Lo sucedido en esos días fue una lección para las directivas, en el sentido de que tenían que organizar formas de atender estados de catástrofe.
Dentro de las anécdotas recuerdo la que el doctor Hernández solicita que relatemos: Se trata de la hacienda de las Mercedes cerca de Subachoque, hermosa propiedad que el hospital poseía como legado de la familia Torres. Este legado nos obligaba a atender los pacientes en el postoperatorio y exigía la presencia de enfermeras y personal de servicios generales. El legado prohibía la venta de la propiedad, y si tal cosa sucedía debía pasar a propiedad del Arzobispado de Nueva York.
Como presidente, en 1.981 le escribí una carta al ilustrísimo monseñor Spelman, arzobispo de Nueva York, quien me contestó enunciando la imposibilidad de hacerlo por la pobreza que padecía. En estas circunstancias el hospital se sentía incapaz de seguir sosteniendo esta finca y la Junta directiva resolvió, a instancias del profesor Mario Negret, solicitarle a monseñor Zambrano Camader, su compañero de colegio en Popayán, que se produjera por parte del Incora la incoración de la finca de Las Mercedes, ya que monseñor Zambrano formaba parte de la Junta Directiva del Incora. Esto se produjo recibiendo San José bonos pagaderos a 20 años. En esta forma fue posible suspender los gastos que el hospital tenía con esa finca.
Los días 29 y 30 de Agosto de 1.980, y con autorización de la junta directiva me reuní con el Dr. Álvaro Tafur en la población de Villa de Leyva, con el objeto de estudiar un nuevo contrato que regulara las relaciones académicas del Colegio y de la Sociedad en el futuro. Sobre todas las actividades que correspondieron a esta reunión, y su respectiva correspondencia, deseo adjuntar fotocopia a las actuales directivas del hospital por si desean incluir en un futuro libro algo que se relacione con esa reunión.Para tal objeto se produjo correspondencia tanto del colegio como del hospital, de la cual adjunto fotocopia.
Doy las gracias al profesor Hernández por haberme permitido hacer
un esfuerzo de memoria, que en estos años míos es enormemente
deficiente. |
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