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Mis vivencias y recuerdos Doctor Antonio Ucrós C.
La facultad comenzó a funcionar bastante bien, corregía en cuanto fuera posible los defectos que teníamos y acostumbraba a los profesores a que prepararan sus clases, a que enseñaran y cumplieran; a los sistemas de evaluación, que eran muy importantes y que siempre han sido un escollo, porque el sistema perfecto de evaluación no existe. En medicina interna estaba, fuera de Consuegra, Lara, que trajo al hospital los cateterismos en 1956; y también Manuel Ruiz y Piñeros Bernal.
Comenzaron a funcionar los nefrólogos y Eduardo Carrizosa entró pronto al hospital a poner su unidad de riñón, que fue y es muy floreciente; fue una cátedra muy fuerte también. Estaba Loboguerrero en hematología, que tuvo una importantísima actuación en el departamento de medicina interna, Chepe Hernández, que todavía está, con mucha agresividad y quien, entre otras cosas, fue quien me solicitó que escribiera estas memorias para publicarlas con motivo de los 100 años de fundación de la Sociedad de Cirugía, dueña y señora del Hospital de San José. Ricardo Durán hizo renacer, como el ave Fénix, el servicio de neumología de entre las cenizas. El hospital funcionaba muy bien y los docentes estaban interesados en la enseñanza de los estudiantes y así lo hicieron y así se les reconocía, aunque con salarios muy bajos.
Para esa época se produjo una situación que le dio un vuelco al hospital: por gestión de Arturo Aparicio Laserna, la Fundación Corona bajo la dirección de Rodrigo Gutiérrez le cambió la estructura administrativa; fue así como empezó a hablarse de personal, contabilidad, de ingresos y facturación y de costos, cuestiones que antes, o no se tenían en cuenta, o no estaban organizadas.
Anteriormente estos asuntos sin estar indivi-dualizados, eran tratados superficialmente por un funcionario siempre muy amigo del presidente y de la junta, llamado síndico, y así fue como le sirvieron fielmente al hospital los doctores Jorge Wills y Marino Tobón, quienes no tenían funciones bien definidas. Rodrigo Gutiérrez llevó un equipo de economistas y de profesionales administrativos de toda índole, que finalmente produjo una serie de consejos y conceptos que cuando se llevaron a cabo, sacaron al hospital de su estado medieval. El resultado de esta gestión ha sido que el hospital haya logrado sobrevivir, sin apoyo del Estado, a una crisis tan grave que ha dejado por fuera a instituciones de todos conocidas.
No hemos hablado de la educación extramural: de Puerto Boyacá, donde estuvimos y también en Armenia, donde fuimos varias veces; al doctor Aparicio lo recibían muy amablemente gentes magníficas, un hospital y un núcleo médico que tenia gran avidez por los conocimientos. Nosotros les abrimos la puerta del Hospital de San José a todos los que quisieran ir a ponerse al día en las diversas especialidades. Una de las áreas extramurales más importantes que había en la facultad de medicina la constituía el Hospital Infantil. Así que la pediatría se hizo allá y lo manejaba una junta directiva que estaba constituida por el director del Infantil, por un representante de El Tiempo, por un representante del Ministerio de Salud y por otro representante yo no sé de dónde, que generalmente era un tipo que tenía una calculadora y no hacía más que cuentas para coger en la trampa al que estaba presentando los balances. Esas juntas no servían para nada, nunca asistía Rueda cuando era el decano, cuando era yo el vicedecano asistía siempre.
Fueron directores del Infantil Gustavo Escallón, Jaime Pedraza, Jorge García Cuestas, José Tomás Posada, gentes prestantes e importantes que no eran de tiempo completo e iban a trabajar unas dos horas diarias. La facultad de medicina pagaba a todos los docentes, con sueldos sumamente bajos, pero la nómina era muy alta porque eran muchísimos y nunca se sabía qué hacían; el jefe de educación médica era Gonzalo Franco, muy hábil, buen médico, buen docente, era quien manejaba los profesores y a los residentes, yo no sé si con criterio más político que científico; el Hospital Infantil fue una buena alianza y allá se formaron muchos pediatras rosaristas y la influencia de la facultad de medicina fue muy fuerte. Se establecieron postgrados, naturalmente en pediatría, en ginecología y en algunas otras cosas. Yo duré algo así como 15 años, yendo a las juntas del Infantil; cuando estaban en huelga las hacíamos en El Tiempo, pues Rafael Santos era de la junta. El Hospital Infantil dejó de existir y, con él, parte de nuestra historia.
Otra área de influencia importante fue el Roosevelt, Juan Ruiz Mora, ortopedista, que era miembro de la Sociedad de Cirugía, era el jefe de ese hospital. El Roosevelt había sido una historia que habían hecho para la Conferencia Panamericana, en la circunvalar, después lo quisieron abandonar y lo dedicaron, gracias a Juan Ruiz, a la polio y a la escuela de rehabilitación en que trabajaba María Luisa Manrique. Ellos fueron los importantes allá, que también tuvieron una influencia muy grande en el desarrollo de la ortopedia, que ha sido una rama muy fuerte desde ese entonces en la facultad de medicina.
La docencia del Roosevelt no sé cómo habrá seguido. Áreas de influencia en psiquiatría también había porque el hospital nunca tuvo un servicio de psiquiatría, y no tenía porque, siendo un hospital general, esta especialidad se hacía en diversos sitios, como en clínicas psiquiátricas, con las cuales Taborda tenía buenas relaciones y se hacían contratos docente-asistenciales. Me acuerdo de una anécdota un poco graciosa. Cuando fuimos a Manizales nos invitaron a Chinchiná a ver la fábrica de café y toda su elaboración. Habíamos salido temprano y un psiquiatra se sentó en la plaza de Chinchiná a comer arepas y a tomar aguardiente, desde muy temprano. Nosotros nos fuimos a oír toda la carreta del proceso del café, pero al cabo del tiempo eso se estaba alargando mucho y entonces este hombre, que ya estaba desinhibido, se paró y dijo: papito, dennos de almorzar. Naturalmente, una gran carcajada terminó la conferencia y pasamos a manteles.
Para ese tiempo en el servicio de cardiología trabajaban los hermanos Cabrera, Hernando Matíz remolacho García, Piñeros Bernal y Manuel Ruiz. Esa fue la edad de oro de la cardiología en San José. Sus residencias tenían un gran pedido y fue mucha la gente que salió de ese servicio. En ortopedia el servicio era magnífico y siempre ha sido de gran calidad, con personas como Pesantez, Londoño, Muñoz, Ruiz y Rueda en la actualidad, que han hecho un servicio de lujo, también con magnífico pedido. En ortopedia infantil trabajaba Valentín Malagón.
El servicio de endocrinología fue reconocido por el Icfes para dar residencias en la especialidad, en los años 80. Para ese entonces entró al servicio el doctor William Katta, a quien recibí bien y con quien trabajamos muy bien. Ya habían salido, llenos de méritos, Gómez, Callejas, Almánzar y Duque, que trabajaron mucho tiempo conmigo en la consulta externa, que compartíamos, me parece, con dermatología y luego, cuando compré un medidor de pozo, comenzamos a usar yodo reactivo para algunas determinaciones clínicas.
Debido a la posibilidad de irradiación, pasamos a un localito en el segundo piso, donde ahora se trabaja con unos aparatos para hacer nebuliza-ciones de otorrino o de neurología; allí permanecimos un tiempo; hacíamos determinaciones de T3, T4 y de captaciones de yodo, etc.
Ese aparato lo compramos con el fin específico de llevarlo, como así lo hicimos, a nuestras experiencias de campo. Lo llevamos a la Sierra Nevada, a las que hicimos en Mariquita y a los trabajos sobre endemia de bocio, que fueron pioneros en el servicio de endocrinología, que nos valieron varios premios nacionales e internacionales y que todavía estamos pensando en continuar. Esto ha sido publicado en muchísimas partes de habla hispana e inglesa, y divulgado en varios congresos.
Después, cuando se creó el servicio de medicina nuclear, nos pasamos allá a trabajar con unos contadores de pozo un poco más sofisticados, pero seguíamos usando isótopos radioactivos para las determinaciones de algunas cosas. Después, cuando las determinaciones de material radioactivo pasaron de moda, comenzaron a hacerse por radio inmunoanálisis y entonces teníamos una magnífica asesoría técnica con Luz Clemencia, que aún persiste en la actualidad. Medicina nuclear se hizo en el local que antiguamente tenían los médicos para almorzar, sobre el corredor central, en la esquina de cuatro vientos, al frente de rayos X. A un paciente muy especial que tuve, quien trabajaba en un alto puesto en Planeación en la década de los 80, le dije un día que cómo hacía para conseguir un dinero, con interés muy bajo y mejor en dólares para comprar un equipo de yodo radioactivo. Cuál sería mi sorpresa cuando al cabo del tiempo me dijo:
hombre, yo te dono esa plata que tú necesitas, porque yo tengo un dinero aquí guardado para emergencias de planeación y puedo disponer de algo y te lo doy; ese algo fueron como 14 millones de pesos que era mucha plata en ese tiempo, con lo que se pagaba 70% del equipo. Resolvimos comprar una gammacámara con mi hijo Gonzalo, que acababa de hacer su entrenamiento en medicina nuclear en el hospital Militar. Escogimos la máquina adecuada y yo fui a la Junta Directiva y hablé; dije que podíamos tener esa máquina que había conseguido porque tenía gran parte de la plata; me preguntaron que si iba a ser rentable para el hospital o si iba a ser más bien un lastre, es decir, no tenían ni idea de qué se trataba. Tuvimos que instruirlos para que finalmente se arriesgaran a que nos la regalaran para uso del hospital. Entonces me ayudó mucho Mauricio Posada, que era el gerente del hospital, gracias a cuya gestión se adecuó el auditorio. Para esa misma época, siendo ministro de salud Jorge García, donó al hospital un TAC, para su utilización en el servicio social. La Junta Directiva no aceptó el obsequio, pues consideró onerosa la donación de un aparato, cuyo sostenimiento deparaba más gastos.
El primer jefe de medicina nuclear fue Gonzalo, quien posteriormente se fue para la Fundación Santa Fe y quedó allá el doctor Leonardo Cadavid. En ese espacio donde está actualmente medicina nuclear fuimos a dar también los de endocrinología, en un cuarto chiquitico, donde a duras penas cabía una camilla para el paciente. En ese tiempo ya teníamos aprobación para hacer residencia, y ahí tenía que estar el residente.
El primero fue Antonio Niño y allí, además del instructor, tenían que estar los estudiantes. A pesar de la estrechez nos bandeábamos y contiguo funcionaba el contador de pozo y todas las áreas de la medicina nuclear, la sala de lectura, donde estaba la gammacámara, aparatos de gammagrafía, etc., el revelado de las placas, que nos lo hacían en rayos X, hasta que por fin pasó endocrinología adonde está en la actualidad.
Esto lo hicimos con mucho esfuerzo, consiguiendo plata en rifas y bingos, porque el hospital nunca ha tenido dinero disponible para esas cosas. Yo le hice el segundo piso cuando fui decano. Adjunto había un cuartico donde Luz Clemencia trabajaba con su equipo, bajo nuestra inmediata vigilancia y estaba perfectamente entrenada en todo lo que necesitábamos. Así nos ha ido bien, pero hace dos o tres años a Luz Clemencia la sacaron para llevársela primero a inmunología y después al laboratorio clínico general, donde siempre hemos tenido temor de que termine haciendo coprológicos y cuadros hemáticos. Son muchos los residentes que hemos preparado en endocrinología y no merece la pena hacer un recuento de ellos, sino acordarnos en primer lugar de Antonio Niño, que fue el primero, de Stella Acosta que llegó de la Javeriana a hacer medicina interna en San José; luego la recibieron y ella fue la segunda residente de endocrinología del servicio. Hoy día yo creo que tenemos unos 30 ó 40 egresados, diseminados por todas partes del país, por Cali, Cúcuta, etc. Publicamos en conjunto con ellos un libro sobre adolescencia, que apareció en la época de los 80, ahora agotado. Otro libro recién publicado sobre historia de la endocrinología y otro más, también agotado, que se llama Consideraciones histórico endémicas del coto en Colombia.
Los egresados han obtenido múltiples premios en los congresos nacionales e internacionales. Los temas más destacados, y que constituyen una fortaleza del servicio son tiroides, diabetes, crecimiento y desarrollo y bocio endémico. Esa es, a grandes rasgos, la historia del servicio de endocrinología, que ya cumplió 50 años de fundado en el hospital, hecho que se celebró con una sesión solemne y un congreso en el hospital, que fue muy concurrido, aparte del acto social muy solemne en el Gun Club. Cuando nos pasamos al nuevo servicio, yo renuncié a la dirección del mismo para que fuera nombrado William Kattah; allá estuvo hasta que se fue para la Fundación Santa Fe y lo reemplazó William Rojas.
El servicio de Pediatría se agrandó y se hizo muy importante, también fue un pionero en esto el doctor Gabriel Gómez, que conseguía dinero y fue un hombre muy agresivo con el servicio; con él trabajó el mono Isaza, Remolina, que todavía está en servicio, y allí se formó Laima, que en la actualidad es la directora del hospital. Se aumentó la pediatría en forma tal que, después de haber perdido la ayuda del hospital Infantil pudo tener camas para dar buena docencia.
En cirugía a mí me tocó la época del doctor Anzola Cubides, que era cuñado del doctor Suárez Hoyos, ambos eran casados con las hermanas Betancur, muy reconocidas en la sociedad colombiana, muy bonitas y amables, grandes damas. El doctor Anzola fue un gran maestro de cirujanos y fue el gestor, diría yo, de la época moderna de la cirugía en San José. Su discípulo amado, que le heredó sus grandes dotes y señorío fue Mario Negret, quien lo sucedió en el servicio, donde se han formado entre otros, Alberto Escallón y Jorge Segura y otros que fueron los primeros de la Javeriana, discípulos de Anzola en el hospital de San José. Después, Mario se asoció eficazmente con Juan di Doménico; Juan fue también un activísimo cirujano en ese tiempo, muy amigo de Mario, compañeros inseparables en la cátedra y en el servicio.
Allá mismo, estuvo en una época Antonio Ramírez, que tenía un gran carisma y era muy amigo de los estudiantes. Ramírez murió prematuramente de un infarto, cuando estaba operando en la Clínica del Country. Dejaron muchos alumnos, entre ellos se destaca Esteban Díaz-Granados, que ha sido el jefe del servicio por mucho tiempo y está muy ligado a la cirugía general, especialmente a la cirugía de tiroides; además, Gonzalo López, que fue jefe del servicio y en la actualidad es decano de posgrados. Quiero también mencionar a José Vicente Pardo, jefe de medicina física y rehabilitación, que se hace cargo de nuestras oxidadas articulaciones. La clínica de tiroides es otro gran adelanto en la tiroidología del hospital. De ahí salió un trabajo sumamente importante de uno de los residentes, el doctor Iván Darío Escobar, sobre 100 casos de Hashimoto, que fue laureado en medicina interna.
El área de cirugía es sumamente importante y tiene mucho pedido para los residentes, así como la de ginecología y obstetricia. Pronto, fuera de Aparicio y de Brigard, que fueron dándole campo y entrada a las demás personas, en las nuevas generaciones ingresaron Alberto Villaneda, ya desaparecido, que fue director del hospital y Roberto Jaramillo, que siempre ha estado ligado al hospital de una forma muy activa, al igual que en la docencia. El servicio de gineco-obstetricia ha formado a mucha gente, entre otros a Jorge Gómez, el actual presidente de la Sociedad de Cirugía.
Otorrino fue un servicio formado por el doctor Suárez Hoyos y por el doctor Uribe Aguirre. Se hizo con las uñas, pero después tomó un auge muy grande; prontamente se ligó a él el doctor Jorge García, oftalmólogo que después se fue a ejercer a Bucaramanga. El doctor Jorge García es un hombre muy especial y un pionero en la cirugía de oído. Ahí se formaron sus hijos, médicos que trabajan en la Fundación Santa Fe y el doctor Hernando Rodríguez. En oftalmología, desde que me acuerdo, ha estado el doctor Francisco Arango, que fue compañero de uno de mis hermanos en el Colegio de La Salle, y yo de su menor, Daniel Arango, que fue ministro de educación. El doctor Arango, familiar de los Arango Jaramillo, antioqueños, llaneros y del Tolima también. Fueron gentes muy importantes e intelectuales. Pacho es un hombre excelente y ha sido muy generoso con sus alumnos y con su gente; es un hombre de primera, muy amigo y muy bien conectado académicamente. Trabajó mucho tiempo en llave con el doctor Francisco Rodríguez, notable oftalmólogo que creó una fundación oftalmológica, donde iban a hacer sus rotaciones los estudiantes que pasaban por oftalmología.
Es imposible dejar de hablar de hematología sin recordar al doctor Loboguerrero, un extraordinario docente y médico, gran expositor y un hombre de carisma que le dio a la especialidad un gran auge. Dejó el hospital hace algún tiempo y quedó como jefe en hematología la doctora María Elena Solano; fue jefe del departamento de medicina interna y actualmente del servicio de hematología.
La urología, a pesar de que allá estaban el doctor Miguel Rueda y el conejo Fonnegra, prontamente fue tomada por Gustavo Escallón, también muy dinámico, que modernizó la especialidad e hizo un servicio sumamente importante y formó mucha gente. Allí trabajaban también el doctor Fabio Gómez, que ayudaba mucho a los internos de Puerto Boyacá y a quien posteriormente mataron en el eje cafetero; el doctor de Vivero y varios urólogos que están en muchas partes; unos en San José, como el doctor Córdoba, el doctor Blanco y el doctor Guzmán; es decir, el de urología ha sido un departamento fuerte que tiene también mucho pedido y muchos residentes esperando para poder hacer su aprendizaje allá.
Todas las especialidades se fortalecieron mucho con la fundación de la facultad de medicina, como ya se dijo; eso no tiene duda, el hospital dio un salto muy grande hacía adelante y en forma oportuna, de tal manera que después de que se separó el Rosario, también tuvo la Sociedad de Cirugía otra facultad, prácticamente sin sufrir mayor traumatismo, a pesar de que ellos se fueron con una gran cantidad de infraestructura médica y docente.
¿Por qué se fue el Rosario? Esa es una pregunta importante y yo creo que con estas reflexiones voy a terminar estos recuerdos del Hospital de San José. Cuando se fundó la facultad de medicina, una de las cosas que se discutió fue quién iba a manejar los dineros y el doctor Marino Tobón, en ese entonces síndico del hospital, dijo que si el hospital no podía manejar sus propios intereses, no iba a poder tampoco manejar los intereses de la facultad; que eso era mejor dejárselo al Colegio del Rosario y ellos, ni tontos ni perezosos, lo aceptaron inmediatamente porque entraba mucho dinero y la facultad de medicina le produjo mucho, un gran aporte y un gran sustento económico a la Universidad del Rosario, que estaba un poco a punto de desfallecer en ese tiempo; aun en derecho se le había ido mucha gente para la Javeriana y Los Andes. Las facultades de economía, filosofía y lenguas las mantenía únicamente por orgullo, pero eran facultades de dos y tres estudiantes y de unos costos terribles. De manera que la inyección de dinero que obtuvo el Colegio del Rosario con la facultad de medicina en asociación con San José fue enorme y, encima de eso, le dijo uno de los socios que fuimos nosotros: tome, maneje usted la plata porque nosotros no somos capaces. Ese fue el primer paso falso que dimos, porque al final, como casi todo en la vida se convierte en dinero y fue eso lo que nos separó y nos disolvió. Mientras estuvo Fergusson de decano y Monseñor Castro de rector del Rosario no hubo problemas mayores, pero se murió Monseñor Castro Silva y nombraron al doctor Rocha y ahí comenzó a haber diferencias, a pesar de que eran gentes muy conocidas y amigas. El doctor Rocha conocía y era amigo de Arturo Aparicio, del doctor Cubides y del doctor Ordóñez, pero siempre había diferencias; en el Rosario pocas cuentas hacían, o no las hacían. Se limitaban a pagar a los profesores y a una muy pequeña partida o ninguna para los gastos de infraestructura de la facultad de medicina.
En buena hora, Arturo Aparicio hizo un pequeño depósito de entradas, como todo lo que concernía a los certificados y a los derechos de grado, y formó un fondo que podría manejar el decano, sin necesidad de que la Honorable Consiliatura le diera el visto bueno para invertir. Me acuerdo muchísimo de la crítica de Roberto Arias a Jimmy Schiemann, que era el secretario de la facultad, porque había comprado unos lápices muy caros, que eso se conseguían más baratos en no sé dónde. Entonces la facultad no era autónoma ni para comprar un lápiz.
Cuando yo estuve de decano, en una forma subrepticia diría yo, logré hacer algunos dineros para el hospital; por ejemplo, logramos arreglar la escalera principal, que ya está otra vez desbaratada y eso costó una plata; le di a Manuel Palacios, que era el director del hospital en ese entonces, una o dos canecas de pintura para que le pusiera rojo y le diera mantenimiento a las tejas del hospital, creo que desde ese tiempo no se pintan. Se arreglaron los cuartos de los internos. Eso parece una cosa muy obvia. Claro que nosotros no teníamos planta porque no teníamos disponibilidad presupuestal sino para lo que teníamos convenido, que eran los sueldos de los docentes, los gastos de biblioteca que estaban condicionados a lo que dijera la consiliatura y algunos pequeños gastos más. Para mantenimiento del hospital no había nada. En ese entonces recuperé un cuadro que había en un corredor y lo hice restaurar por unas profesionales; cuando se limpió se vio que estaba firmado por Epifanio Garay y era una copia de un descendimiento de Ribera, hecho en El Louvre en 1885. Este cuadro se puso en la decanatura, y hoy está en la presidencia de la Sociedad, acertadamente reformado por Darío Cadena cuando estuvo en la presidencia, donde trasladó las oficinas que ocupa actualmente. ¿Quién trajo el cuadro al hospital? No lo sé, ni Laurentino tampoco. En la capilla hay una Inmaculada, que regaló la mamá de Guillermo Rueda.
Cuando se disolvió la sociedad, se llevaron una gran cantidad de cosas, como los microscopios, los computadores, los equipos audiovisuales y hasta las mesas de anatomía. Todo lo que previa y arbitrariamente habían marcado como de su propiedad, se lo llevaron, y como las sillas del Laurentino no las podían mover, nos las cobraron.
Los señores del Rosario no hacían cuentas. Esas cuentas eran sencillas; la matrícula se pagaba de contado, dos veces al año: una vez en julio y otra en diciembre. Toda esa plata, que era bastante, entraba a las arcas del Rosario, pero no iba saliendo sino un chorro lento que duraba seis o siete meses, pero mientras tanto esa plata producía intereses y eso nunca nos lo reconocieron.
Cada vez que se ponía un poco tensa la situación, se le decía al Rosario que nos separáramos. Una vez, siendo Pacho Arango presidente de la Sociedad de Cirugía, tuvo una controversia con el doctor Tafur, que era el rector y le dijimos que se iba a terminar la facultad; entonces eso fue un caos que se resolvió caballerosa y eficazmente por Pacho, pero nosotros seguimos sin poder contar con nuestros dineros. Cuando se retiró de la rectoría el doctor De Greiff, nombraron a una persona predispuesta en favor del Rosario, muy poco ecuánime y en contra del hospital. Esa persona fue el doctor Salah, quien se dejaba influir fuertemente por un colegial, Fernando Guzmán, que había sido egresado de la facultad de medicina del Rosario, alumno nuestro. Desde el principio entró a decir que el Rosario debía retirarse, que no tenía porqué pagar tantas cosas, que podía hacerlo solo, que él podía ayudar. Le dijeron: pero vamos a perder el hospital, qué hacemos, él dijo: yo me comprometo a que eso se arregle, a poder trabajar en la Samaritana, en los hospitales del Seguro, en los hospitales del Distrito, etc. Entonces se formó una animadversión clarísima contra la Sociedad de Cirugía.
Cuando se produjo la separación con el Rosario, se formó una comisión para arreglar las condiciones de la misma, estaba formada por el doctor Carlos Hernández, hermano de Chepe, eminente jurista y miembro en ese entonces de la Junta Directiva, Juan Consuegra, Luis Carlos Taborda y yo. La primera condición era que la reunión se llevara a cabo en un lugar neutro. Cuál sería mi sorpresa cuando Taborda me llamó para decirme que el presidente de la Junta había convenido con el rector para que la reunión se hiciera en el claustro; ante esta situación renuncié a la comisión y a la decanatura de la facultad, porque me di cuenta que mi posición no estaba avalada por la presidencia. El doctor Hernández también renunció y se hicieron los arreglos, tal como los conoce la sociedad.
De manera que se disolvió la facultad del Rosario; ellos eran dueños del nombre y nosotros éramos dueños del hospital. Ellos hicieron una facultad aparte y nosotros formamos otra facultad, la que funciona en este momento regida por Alfonso Tribín.
En más de 50 años le he dado al hospital mi juventud, mi actividad, mi amor y mi lealtad. También he recibido mucho de él: gran parte de mi vida profesional, la convivencia con mis pares y esa parte indescriptible que constituye para un médico la vida hospitalaria. La institución llegar a ser parte de uno; y el hospital no es el edificio sino las gentes que le sirven.
Hay muchas cosas que he olvidado involun-tariamente y hay otras de las cuales no me quiero acordar. Esta pretende ser la memoria de la mitad de mi vida ligada a esta institución, que hoy nos congrega. |
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