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Mis vivencias y recuerdos
del Hospital de San José

Doctor Antonio Ucrós C.
Miembro honorario de la Sociedad de Cirugía de Bogotá

 

Yo me acuerdo mucho del parqueadero cuando no era asfaltado; eso era tremendo, lleno de barro y de huecos. Hay una anécdota que quiero contar: siendo miembro de la junta directiva el doctor Suárez Hoyos, hizo una proposición al alcalde de Bogotá, diciéndole que por favor quitaran la plaza de mercado de ahí, que eso estaba perjudicando enormemente al hospital, a lo cual el presidente de la Sociedad de Cirugía se opuso y dijo que eso no se podía hacer porque el doctor Barco era muy amigo suyo y no permitía que se le hiciera esa proposición, y eso quedó de ese tamaño.

 

Como ya dije, reubicaron a los ropavejeros; eso es un gran adelanto porque va a permitir que se sanee muchísimo la calle 12 al sur, y en la carrera 18 están prohibiendo el parqueadero en los dos lados, que mejoraría mucho el acceso al hospital.

 

La anestesia era menos que elemental y seguía dándose el Ombredame como en los tiempos de bárbaras naciones; era esa la anestesia que se usaba cuando yo llegué, fuera de la raqui y las locales. En otras partes del mundo ya se hacían cirugías sistemáticamente con anestesia por intubación.

 

A San José fue necesario que llegaran el doctor Salamanca y el doctor Juan Marín, gran innovador de la anestesia, quien fundó la Escuela de Anestesia, entre otras cosas, y que permitió a los cirujanos no tener que operar contra el reloj. De manera que comenzó a haber cirugías muchísimo mejor hechas, más despacio, más cuidadosas, más anatómicas, o el abordaje a lugares que no lo tenían anteriormente cuando la cirugía debía hacerse corriendo, para que la anestesia no se prolongara indefinidamente. Especialmente tuvo un gran auge por ese entonces la neurocirugía, donde se destacó en el hospital San José el doctor Álvaro Fajardo Pinzón y en San Juan de Dios el doctor Mario Camacho Pinto. Eso fue muy importante. Aquí, tiempo después llegó Antonio Becerra a tomar la batuta del servicio y fue un muy importante jefe del servicio de neurocirugía. Fue también presidente la Sociedad de Cirugía, decano de la facultad de medicina y promotor de la especialidad. Secuestrado en su finca a orillas del Magdalena, fue sacrificado por sus captores y el hospital se resintió con esta tragedia.

 

Para esa época, más o menos, comenzó Ascofame a pronunciarse a favor de la educación y de que las especialidades debían ser hechas, en buena hora, con un currículum especial y debían ser llenados con profesores calificados en el extranjero o en Colombia y así después de un determinado tiempo de unos exámenes y de pasar más pruebas, se aprobaban las residencias. Ascofame es una oficina que congrega a todos los decanos de las facultades de medicina del país, que tiene un presidente y es una oficina consultora del Gobierno y del Ministerio de Salud, pero sin poder decisorio. Precisamente Ascofame tenía entonces el fin de aprobar los planes de residencia para poder certificar a los médicos como especialistas en determinada área. Antes lo hacia la facultad de medicina de la Universidad Nacional. Esto sirvió enormemente para que los jefes de servicio se preocuparan por darle una categoría a la especialidad, que llenara las necesidades que Ascofame imponía para poder certificar a sus residentes y mejorar el nivel docente en todas las áreas de la enseñanza.

 

Cuando se fundó la facultad de medicina, con el doctor Aparicio después de la decanatura y del problema de Fergusson, del cual hablaré después, a mí me tocó intervenir en la formación y reglamentación, esto es la aplicación del currículo de cada especialidad, para poder certificarla, porque era una condición para ser aprobado que tuviera posgrado. Ese posgrado calificado le dio más cuerpo científico al hospital y lo hizo ser pionero en la medicina de esos tiempos y de las áreas médicas, y pudo competir con universidades mucho más antiguas y de un gran prestigio, como la Nacional, la Javeriana o la de Antioquia. De manera que era indispensable tener unos muy buenos jefes de servicio, para que ellos impusieran la enseñanza y la distribuyeran a través de los años, para dar una instrucción satisfactoria. Así, por ejemplo, en neurocirugía era necesario, antes de entrar a la especialidad, haber tenido unos años de preparación en cirugía general y luego en neurocirugía; para cardiología, lo mismo; para endocrinología, había que tener antes una especialización en medicina interna y luego otros años en la especialidad; en fin, había otras que no necesitaban sino dos años; todo dependía del contenido curricular. Así fueron formándose y el hospital ofrecía muchísimas especialidades con las que antes no se había soñado, y eso le dio una gran importancia a la institución. En dos palabras, el favor que se le hizo al hospital, habiendo puesto allá la facultad de medicina fue inenarrable; gracias a eso adquirió la prestancia científica que tiene. La oficina que regulaba los currículos era la de Educación Médica, de la cual yo era el jefe, con la asesoría de Roberto Jaramillo; funcionaba donde hoy es la oficina de ginecología. Posteriormente Roberto fue presidente y decano, ahora rector de la Universidad y desde hace 50 años está luchando por el hospital y por bajar de peso.

 

En el banco de sangre trabajaban Max Llorente y el “eléctrico” Fernández; Max Llorente posteriormente se hizo patólogo y se fue del hospital. El jefe del laboratorio clínico era Hernando Gómez Vesga, de Zapatoca, que durante una de las múltiples presidencias del doctor Eugenio Ordóñez, entró porque el doctor Ordoñez, como es natural, protegió muchísimo a los sangileños y a los santandereanos, por eso entró Hernando Ordóñez, los García Gómez, ambos Jorge y Hernando, así entraron tanbién Gabriel Gómez y Hernando Galvis, de manera pues que la colonia sangileña y de Zapatoca, llena de méritos, era abundante; Hernando Gómez Vesga era un tipo muy calificado en su área. Tenía uno de los laboratorios más importantes de la ciudad con su hermano Carlos.

 

Hernando realmente fue un organizador del laboratorio del hospital, allá trabajaba también Lucía Uribe Holguín, muy amiga de casi todos nosotros. Había mucha gente, en un laboratorio que estaba todos los días innovándose y tratando de mejorar, a pesar de todas las dificultades económicas que existían, porque los problemas de planta que existen y que existirán toda la vida en el Hospital de San José, son endémicos, tanto que han puesto a la institución a punto de cerrarse infinidad de veces, especialmente cuando dependía totalmente de la buena voluntad del Seguro Social. De manera que yo no sé de qué vivía el hospital antes, cuando yo llegué, que realmente era de balde, no pagaban ni un centavo los pacientes, los médicos ganaban poco, yo no he ganado nunca nada; los internos o les jefes de clínica ganaban un poquito, pero un profesor titular tampoco ganaba.

 

El presidente de la Sociedad de Cirugía, que estaba ad honorem, vino a ganar durante la última presidencia de Guillermo Rueda, porque él exigió eso para ser presidente, que fuera retribuido, pero antes nadie ganaba un centavo, ni Roberto Jaramillo ni yo, Antonio Becerra tampoco. Una vez le dijeron a Arturo Aparicio que la presidencia de la Sociedad debía tener un sueldo y él dijo que esa posición no era para limpios. De manera que yo no sé de qué vivía el hospital, pero vivía bien y se daba buena asistencia y una alimentación aceptable y nunca nos cortaron la luz. Había bingos, entonces a él le daba much{isima risa pero eso era verdad; comprábamos las boletas de los bingos y sosteníamos al hospital no solamente con nuestro trabajo gratuito sino muchas veces con nuestro dinero; nosotros contribuíamos con las obras a darle monedita al hospital; eso no me parece malo sino bueno, simplemente me estoy refiriendo a lo que a mí me tocó al principio, que de eso se trata esta pequeña memoria.

 

Juan Ruiz Mora era uno de los ortopedistas más asiduos en el hospital; excelente hombre, fue director del Roosevelt muchísimo tiempo, era muy amigo mío y el “mono” Latorre era el patólogo hasta cuando llegó Fergusson, más o menos en 1955.

 

Para ese tiempo ya había llegado Fergusson a la Sociedad de Cirugía, había presentado su trabajo de admisión y fue prontamente admitido como miembro de número. Se manifestó como una persona muy agresiva en el trabajo, tomó el departamento de Patología y lo modernizó hasta donde le fue posible y fue mucho más importante en realidad que lo que había sido hasta ese momento; fue muy grande y comenzó a hacer docencia también en él. Presentó su candidatura como director del hospital y hubo una cierta discusión porque no se sabía si siendo jefe de patología debía también ser director del hospital, de tiempo completo, pero se admitió que podía ser director de tiempo completo del hospital y dejó el departamento de patología, donde sus alumnos, especialmente Amaya, Cavanzo y Cadena se hicieron cargo de la patología y le dieron un impulso notable. Pronto Fergusson comenzó a manifestarse como realmente era, es decir, como un líder.

 

Fergusson era mi vecino en el barrio donde vivíamos; hijo de Guillermo Fergusson y de Hortensia Manrique, sobrina de los doctores Juan Evangelista y Julio Manrique. Mi tío Manuel Antonio decía, entre paréntesis, que los Manrique todos eran un poco locos. Pues Fergusson era el hijo mayor de esa familia, que eran cuatro, los veíamos mucho, aunque éramos conocidos y no exactamente amigos. Yo era anterior en la facultad de medicina; él estuvo mucho tiempo en Estados Unidos, creo que en Washington, estudiando patología y cuando llegó se vino para San José. Fergusson fue un líder, especialmente en la facultad de medicina, cuando se fundó y fue indudablemente un gestor importantísimo que tomó a pecho la importancia de la facultad, de la cual ya se había hablado y de una universidad a la que se le había propuesto como nombre Universidad de San José. ¡Qué bueno que se hubiera aceptado ese nombre y no el que tiene ahora, tan eufórico!

Fergusson fue el primer decano y era director simultáneamente del hospital, cuando se fundó la facultad de medicina, facultad en la cual intervino mucha gente: por parte del Rosario, con muy buena aceptación por parte de la Sociedad de Cirugía, Monseñor Castro Silva, rector de la misma y Alfonso Tribín Piedrahita, padre del actual decano de la facultad. Tribín era consiliario de la Universidad y ayudó mucho a la fundación de la facultad; eso por parte del Rosario. Por parte de la facultad fueron pioneros Fergusson, como ya lo dije, el doctor Aparicio, el doctor Cubides, Eugenio Ordóñez y muchas otras personas, pero ellos fueron los más destacados interlocutores, con el Rosario, para la fundación de la facultad, la cual se efectuó en esa década del 60, y comenzó a funcionar con el primer semestre.

 

Fergusson lo armó todo por completo, consiguió los profesores y, como para hacerlo aprobar de Ascofame se necesitaban dos cosas muy importantes que eran: oficina de educación médica y tener escrito el proyecto de la facultad de medicina, el doctor Aparicio me pidió que escribiera los objetivos. Creo que es la única facultad de medicina de Colombia que tiene escritos sus objetivos, no sé si existen en alguna parte.

 

Al principio, Ascofame no aprobaba de una sola vez todos los semestres sino los que iban funcionando. Entre nosotros había una cierta inquina contra la Asociación de Facultades de Medicina, dirigida por Miguel Moreno, por Hernán Mendoza, por el “Jaque” Medina y por otras personas que habían sido extractadas finalmente de los proyectos de planificación familiar, subvencionados por la Organización Mundial de la Salud. Finalmente nos aprobaron. Sin embargo eso ya nos dio derecho a varias cosas, por ejemplo; a que el decano de la facultad de medicina fuera a Ascofame, porque su Junta Directiva estaba formada por los decanos de las facultades de medicina, aprobados por ellos mismos y avalados por el Estado, y también hacían parte de esa junta ya para los planes de curriculo en forma muy importante las oficinas de educación médica; esas eran las que se encargaban de aprobar los currículos en las distintas especialidades y de vigilar los exámenes que se hacían para aprobar esos especialistas y certificarlos.

 

Las facultades de medicina debían contar dentro de sus docentes con gente certificada por Ascofame, de manera que eso era muy importante, no sé si todavía existen esas leyes.

 

La facultad de medicina tuvo un gran empuje y todos los que teníamos hijos en edad de estudiar medicina tuvieron la oportunidad de entrar allá; el porcentaje de hijos de médicos era enorme, no tenían ningún privilegio, tenían que pagar la misma cantidad de la matrícula, que era una de las más altas en esos tiempos, y presentar un examen de admisión. Para esa época publicó Semana una encuesta sobre la puntuación de las facultades en el país y la de medicina del Rosario estuvo en segundo lugar, después de la Nacional y por encima de la Javeriana, de la de Antioquia y de la del Valle. A los del Rosario no les gustó que su facultad de leyes no fuera la primera.

 

En el primer año, Fergusson era profesor de biología; yo le dicté algunos temas en su clase, era adorado por los estudiantes. Había un sociólogo que se llamaba Salamanca, dictaba sociología y decía a los estudiantes que, por favor, no leyeran el Quijote; era un tipo marxista, de manera que era muy importante para los estudiantes y tenía una gran influencia sobre ellos.

 

En ese tiempo el Papa promulgó la célebre encíclica Humanae Vitae, en que prohibía el control de la natalidad; entonces unos estudiantes del Rosario, de los iniciadores de la facultad, que en ese tiempo cursaban tercer semestre, alumnos de Salamanca y dirigidos por él hicieron una comedia llamada Humanae Vitae, que no tenía un gran mérito literario pero sí la valentía de criticar la encíclica contra el control de la natalidad. En ella actuaban Currea, Tatareto, Mejía y otros. Esto causó un lío enorme, especialmente con el Colegio del Rosario, absolutamente confesionalista; en ese tiempo era ya rector el doctor Rocha y hubo una escisión por eso; el Colegio sacó públicamente una crítica a la comedia de los estudiantes, que a la larga les atrajo una gran cantidad de público y apoyo en todas las universidades y foros donde tuvieran oportunidad de presentar su comedia. El Rosario tuvo entonces, repito, una crítica fuerte e intensa contra los estudiantes, quienes con Fergusson a la cabeza hicieron una especie de paro con el fin de apoyar a sus compañeros y a su profesor. Las directivas apoyaron a Fergusson, no apoyaron a su profesor, que salió por la tangente y tampoco expulsaron ni lo hicieron con los estudiantes, fuera de una breve reconvención y ninguna represalia; de manera que eso quedó de ese tamaño y el que salió pagando el pato fue Salamanca. Ellos siguieron en el mismo estado de oponerse y de hacer huelga y criticar todo, dentro de un sistema muy liberal y tolerante, de las directivas de la facultad.

 

Este problema, que salió del ámbito parroquial de la universidad para ser comidilla social, tuvo un apoyo casi unánime de los estudiantes de otras universidades, lo que se entiende fácilmente si se tiene en cuenta que era la época de la revolución sexual, por la introducción de los anticonceptivos y por el movimiento estudiantil de Daniel el Rojo en París, por la figura romántica del Che Guevara, la revolución cubana y el sacrificio de Camilo Torres, los Beatles y las comunas de Berkeley. A esto se contraponían los estatutos de Fray Cristóbal de Torres y la constitución ultraconservadora de la consiliatura, manejada por el doctor Antonio Rocha desde el vetusto claustro del Rosario; de manera que era pelea de músico y empanada; los estudiantes se apuntaron un punto que les duró algo y por su cuenta y riesgo bautizaron el auditorio que reemplazó la capilla con el nombre de Guillermo Fergusson.

 

Fergusson, a raíz de estos acontecimientos, renunció a la decanatura. Yo tuve muy buena amistad con él y me acuerdo que a Hernando Ordóñez y a mí nos leyó su testamento político-filosófico, sumamente agresivo, absoluta y completamente izquierdista, marxista, que les cayó de perlas a los estudiantes y renunció en forma irrefutable a la decanatura, porque él, que de bruto no tenía un pelo, se dio cuenta de que no podía seguir en su cargo, por sus relaciones tan malas con el Colegio del Rosario. Entonces, la consiliatura del Colegio del Rosario nombró como decano al doctor Arturo Aparicio Jaramillo.

 

Fergusson salió y no volvió al hospital pero siguió teniendo mucha influencia en la vida universitaria y en la vida pública de la ciudad. Estuvo en la Cruz Roja y hubo un problema con los empleados, él se puso de parte de ellos, duró poco allá y tuvo un conflicto con el doctor Cavelier, que realmente no era fácil de doblegar y naturalmente ganó Cavelier. Después estuvo en la Beneficencia de Cundinamarca y se hizo líder, fue la persona que tenía la vocería de los empleados, especialmente del Hospital de San Juan de Dios y su programa era que la Beneficencia dejara de ser la dueña de San Juan de Dios y fuera de los empleados y casi de ahí para acá provienen todos los problemas de San Juan de Dios; con un sindicato que es el dueño del hospital y que no acepta nada que no sea para ellos.

 

Esa es la historia de Fergusson. Enfermó, le dio un infarto y lo operó uno de los Carera, que había sido cardiocirujano de San José; salió bien pero le dio otro infarto y ese sí fue definitivo y murió prematuramente.

 

En quinto Semestre se dictaba pediatría. Cuando se planteó el problema en la docencia hubo un inconveniente: el jefe de pediatría en ese entonces era Camacho Gamba y por alguna razón Fergusson no quería que Camacho fuera el jefe de clínica y del semestre. Desde luego tenía razón porque el servicio en San José era absolutamente insuficiente para la docencia; era un servicio muy pequeño, con una infraestructura precaria y nunca fue fuerte la pediatría en San José; entonces hubo un problema y Camacho se disgustó con Fergusson por eso, pero Ferguson, con muy buenas razones, decidió hacer la especialidad en el hospital infantil, donde estaba conectado con Jaime Pérez, muy amigo nuestro; Jaime fue el director de la cátedra por muchísimo tiempo. De manera que así quedaron completos los diez semestres de la facultad. El internado pasó de ser obligatorio a ser voluntario. Para nuestra sorpresa la mayoría de los estudiantes querían hacer su internado en San José, eso fue un gran estímulo para nosotros.

 
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