![]() |
|
|
Mis vivencias y recuerdos Doctor Antonio Ucrós C.
El recuerdo más remoto que tengo del Hospital de San José se remonta a los años 30, cuando mis padres me llevaron allá a visitar a mi tío Zoilo Cuéllar, hermano de mi madre, cuando se estaba muriendo. En el primer cuarto del pabellón Central, un lugar frío, lleno de señores vestidos de oscuro a quienes no conocía, el tío Zoilo yacía en una cama donde las sábanas se confundían con su cabellera blanca. Tiempo después, siendo interno de ginecología en la sala Cristo de San Juan de Dios, tuve contacto con San José a través de Daniel Brigard y Arturo Aparicio, quienes eran profesores en los dos hospitales simultáneamente y pajarito Bernal, quien era su jefe de clínica en ambos. También Fernando Tamayo era uno de los cuatro internos que estuvo poco tiempo en San Juan, para pasarse a San José. Para decirlo así, en ese tiempo era San José un hospital elitista. Tanto los internos como los residentes eran nombrados y no eran aceptados por concurso, como sí lo eran en San Juan de Dios. Fuera de eso, San José comenzaba a tener fama de ser una clínica privada de muy importante desarrollo y no había en ese tiempo otra semejante fuera de Marly. Era un hospital eminentemente quirúrgico y por allí pasaron las grandes figuras de la cirugía y de la medicina.
Para los años 50 llegué a San Juan de Dios, mi hospital universitario, a solicitar trabajo como endocrinólogo, pero allí se me dijo que no me podían recibir porque no había presupuesto para un médico de esa especialidad y que Beneficencia no admitía trabajadores ad honorem; por insinuaciones de mi tío Manuel Antonio Cuéllar, hermano de mi madre y notable oftalmólogo, me fui a San José con una recomendación para el doctor Suárez Hoyos, que en ese tiempo era el director del hospital. El doctor Suárez, muy amablemente, con la forma bondadosa y exquisita que tenía, con su manera de ser tan bogotana y generosa, me dijo que el hospital estaba a mi orden, que él me recibía con mucho gusto pero que no podía darme sueldo. Le dije: eso no importa doctor, yo vengo aquí a servirle al hospital y a aprender y a tratar de servir a la gente. En ese orden de ideas obtuve un cuartico a la derecha de la entrada actual que era parte de la consulta externa en ese tiempo; consulta exerna en lo que actualmente está ocupado por pediatría. En la consulta estaba Alberto Villaneda, que era el jefe de la misma; Alicia Gutiérrez, que era su secretaria, hermana de Alfonso Gutiérrez, el jefe de pediatría. Allí estaban la hermana Matilde y Paulita, que nos daban tinto y nos hablaban de Albertico Limonta y del Derecho de Nacer.
El hospital era una gran hacienda manejada por el doctor Suárez. Sus problemas, fuera de los económicos, que siempre han existido, se reducían a regañar a unos internos porque le hacían el amor a la enfermera, a hacer destapar los baños que estaban tapados o hacer arreglar alguna cuestión eléctrica. Era, pues, un asunto más de mayordomía que de dirección de hospital. Me acuerdo de algunas personas de ese tiempo que asistían al hospital, por ejemplo, del doctor Nicolás Torres Herrera, que fue jefe de ginecología; del doctor Simón Medina, un hombre alto, vestido de negro, que había estado en Suiza, de quien decían que era el doctor Krakosvky, personaje destacado en la Montaña Mágica de Tomás Mann, y especialista en enfermedades pulmonares; también lo era el doctor Vargas Iriarte, igualmente cirujano de tórax, quien fue muy destacado miembro de la sociedad.
La planta del hospital era muy semejante a la de ahora; la actual mejorada en muchísimos aspectos, pero por lo demás, las bases y el trazado eran los mismos. El pabellón central era lo más importante que había y era lo mejor para los pensionados; no me acuerdo quién lo manejaba. Recuerdo a la Hermana Dionisia que era la de cirugía y a la Hermana San Eduardo, que manejaba la botica, con esos frascos tan lindos que están hoy en día en la decanatura y que afortunadamente entre el doctor Aparicio y yo, no permitimos que saquearan. A la derecha del pabellón central en el segundo piso estaba la biblioteca y, posteriormente, unas aulas para la escuela de enfermería; a la izquierda estaba el pabellón Cruz Roja y después el pabellón de diálisis. La botica estaba en la parte central del cuerpo del primer piso, donde también estuvo tanto tiempo la presidencia y gran parte del sector administrativo del hospital; porque donde está actualmente la presidencia era un aula, que luego fue de la facultad de medicina y antes fue el dispensario de la gota de leche, del doctor Bermúdez.
Cuando llegué a San José, la plaza de mercado de la calle 10 con carrera 10 la habían pasado a la plaza España; así mismo, el tranvía de franja blanca que bajaba por la calle 10, también había desaparecido. No sé en qué época se acabó eso, pero probablemente fue a raíz del 9 de abril. Entonces la plaza España se convirtió en una plaza de mercado, en un corabastos en el suelo, lleno de barro, de camiones que traían papa, mazorca, frutas, naranjas y todo lo que uno quisiera; así mismo era terminal de buses en que se bajaban toda clase de aves de todas partes de la sabana y casi del país para abastecer a la ciudad. Era tremenda la pasada y la entrada al hospital, especialmente los días de mercado, que era los lunes si no estoy mal. Entonces la bajada al hospital era por la calle 10, si se venía por la Caracas, o por la avenida de La República y luego por la carrera 18, si se venía por otra parte; es decir los accesos eran prácticamente los mismos de hoy y, pero con cantidad de camiones, de víveres, fuera de eso con mucha gente que iba a comprar su mercado, los acarreadores, los intermediarios, los que cargaban los bultos de papa, toda esa parafernalia de la plaza de mercado hacía que el lugar fuera tremendamente inhóspito; difícil de llegar, y con una vecindad espantosa para el hospital. Había una calle especial más arriba, que se llamaba la Calle de la Miel, que estaba llena de miel y de zurrones de miel, porque todavía, a pesar de que ya la habían prohibido, hacían chicha y era una materia prima para ella. Traían enormes cantidades de miel en canecas y en zurrones, de todas partes, de los trapiches, de tierra caliente.
Después, mucho después, quitaron la plaza de mercado de ahí, pero en parte la reemplazaron por los ropavejeros que apenas en estos días tuve la sorpresa de ver que habían desaparecido de la plaza España o plaza de Maderas que se llamó anteriormente. De manera que esta plaza era más bien desapacible. En el costado oriental estaba la Fábrica Nacional de Chocolates, en una casa republicana, que todavía perdura, muy bonita, y había otro tipo de industrias de empaques de todo. De manera que el vecindario del lote que nos regaló el General Valderrama para el hospital no era tampoco tan ideal; sin embargo, ahí persistimos y ahí nos quedamos, como diría el señor Samper y no nos pensamos ir.
Muchas veces se pensó en vender el hospital para hacer ahí la plaza de mercado: no se porqué esos tratos no se continuaron. Posteriormente, estando el doctor Tamayo de Presidente de la Sociedad de Cirugía, por su intermedio, se adquirió un lote en la calle 100, donde después se fundó el Marymount y se pensó en pasar el hospital para allá, pero los cálculos no lo permitieron ya que el precio de la cama hospitalaria en ese tiempo era algo inalcanzable para nosotros y se perdía también una infraestructura que ya valía bastante en ese tiempo.
Hubo muchas presiones en cierto tiempo para que se vendiera el hospital, porque era casi inhabitable el lugar, por las condiciones higiénicas que lo rodeaban, y muy seriamente se pensó en venderlo. Yo creo, para mis adentros, que el comprador se corrió. Hubo un cliente que fue al municipio para que se hiciera allí la plaza de mercado. Se adelantaron conversaciones con Juan Pablo Llinás que era el alcalde, en ese tiempo, pero no se llegó a ningún acuerdo. Si hubiera habido un comprador, se habría vendido, especialmente si se tenía todavía el lote de la calle 100. Tal vez gracias a Dios, ese comprador no se presentó y podemos estar cada día mejorando nuestro entorno, tal como ha sucedido.
Con la plata de la venta del lote de la 100 se hizo el pabellón Fundadores, planeado y dirigido por la firma Cuéllar, Serrano-Gómez, cuyos dueños eran Camilo Cuéllar, hijo de Zoilo Cuéllar, uno de los fundadores, José Gómez Pinzón, socio y amigo íntimo de Arturo Aparicio y Gabriel Serrano. Con la hechura de este pabellón, quedó cancelada la idea de vender. El paso del hospital a la calle 100 dio origen a un gran debate.
Volviendo a la consulta externa, la de gineco-logía la habían asignado al doctor Brigard, el doctor Aparicio y Rodolfo Camero, y también Héctor pajarito Bernal. En ortopedia estaba Botero Marulanda, con Daniel Borrero; en urología estaba Roberto Conejo Fonnegra, el coronel Miguel Rueda, que había sido profesor de urología en San Juan de Dios y Gustavo Escallón, que era con quien más contacto tenía, porque eramos contemporáneos y muy buenos amigos. En maternidad estaba Nicolás Torres Barreto y luego Belisario Calderón; teníamos contacto con ellos, pero no demasiado. El mayor contacto era con Villaneda, a quien veía permanentemente durante el tiempo de mi trabajo; yo trabajaba solo, sin enfermera, hacía mis historias clínicas a mano y me las archivaba Paulita en un archivo que posteriormente mandó quemar Fergusson; hacía todo lo que había que hacer con el enfermo, lo tallaba, lo pesaba, le tomaba la tensión, absolutamente todo. Así duré mucho tiempo en ese cuartico de la consulta externa primitiva. Allá llegó Julio Gómez a trabajar conmigo, quien ya había hecho todo su pregrado en San José. Posteriormente Luis Callejas, que venía de la Universidad Libre de Bruselas; Rafael Almánzar, de la Javeriana y Alvaro Duque, de la Nacional. Años después, la consulta externa, por la gestión de Guillermo Fergusson, pasó adonde está en la actualidad. Hecha a contrapelo esa edificación tan antiestética entre los dos pabellones del hospital. Eso fue importantísimo, porque la consulta antes no estaba centralizada. En los distintos servicios hacían consulta externa de las diferentes especialidades, lo que producía un gran desorden.
En medicina interna, al principio estaba el doctor Alfonso Uribe, profesor nuestro de medicina interna en San Juan de Dios, pero yo no tenía mucho contacto con él; estuvo Manuel Ruiz y también Pocholo Hernández; estuvo Guillermo Lara, que después se fue para el Hospital Militar, Carlos Jiménez, Andrés Andrade y Piñeros Bernal y Juan Consuegra. A pesar de que la medicina interna no era el fuerte del hospital, ni comparación con la medicina interna de San Juan de Dios, donde todos los profesores de semiología eran internistas, así como los de clínica terapédica, los doctores Salgar, los de medicina interna, el profesor Llinás, el doctor Atalaya, estaba Edmundo Rico, Julio Aparicio; en fin, muchísimos y allá en San Juan de Dios eran baluartes de la medicina interna, cosa que no fue San José. Sin embargo, casi todos los médicos pertenecían activamente a los dos hospitales.
El doctor Laurentino Muñoz era jefe del pabellón La Pola, llegó de hacer un curso de reumatología en Estados Unidos y pronto se vinculó a San José, donde fue tan importante. Era flaco, de cabellera hirsuta y apariencia mefistofélica. Un gran apasionado de la medicina, por sus semejantes y por la investigación. Autor del libro Historia del Hospital de San José, obra que no ha sido igualada, y de la cual he extractado gran parte de estos recuerdos. Laurentino era un hombre sin términos medios, fiscal inclemente y amigo incomparable. Pobre de solemnidad, alguien decía, era poseedor de la mayor colección de sombreros viejos que había. Muy activo, científicamente era un ratón de biblioteca y sus múltiples publicaciones fueron testigo de su actividad científica. Por insinuación mía, el salón de la biblioteca se llama Laurentino Muñoz. Cuando Laurentino murió, un presidente de cuyo nombre no quiero acordarme, lo único que se le ocurrió decir fue que sobre que estábamos muy mal de plata, había que pagar el entierro del doctor Muñoz.
La Sociedad de Cirugía cada año se reunía para recibir miembros Asociados o a los Asociados elevarlos a miembros de Número. Yo fui Asociado en 1953 con un trabajo titulado Metabolismo basal a 2.640 metros de altura, que no suscitó ninguna discusión; uno de mis padrinos para entrar al hospital fue Carlitos Camacho, que era compañero en Unidia y fundador del servicio de endoscopia digestiva; por él fui a dar a San José. Realmente, fuera de la recepción muy amable que el doctor Suárez me dio, Carlitos fue, digamos mi eslabón de enlace porque estábamos de acuerdo en edad, dignidad y gobierno.
Conmigo fueron candidatos para entrar a ser miembros de número Roberto Jaramillo, Arecio Peñaloza, Antonio Becerra y Alberto Escallón. Hubo varias ocasiones en las cuales unos sacaban más y otros menos votos, pero los cinco entramos de una vez, en 1964. Yo entré como diez años después de haber sido miembro asociado; ese fue mi seminario y siempre que había elecciones, uno estaba esperando que lo eligieran; pero la elección de esos cinco miembros, entre los cuales estaba yo, se pospuso por la pelea casada entre Vargas Iriarte y Rafael González Pacheco y eso ocasionó que la Sociedad no llamara a elecciones y no se reuniera con fines electorales durante unos tres o cuatro años, hasta que finalmente ellos arreglaron el asunto y González Pacheco no entró.
El hospital ha cambiado enormemente su distribución interna. Como ya dije, la consulta externa era en el primer piso donde en la actualidad está el pabellón de pediatría. El actual pabellón de pediatría que se llama Calixto Torres Umaña, en cuyo segundo piso tenían la clausura las monjas. El pabellón no tenía muchas camas; lo tuvo Camacho Gamba y después Gabriel Gómez. Eso, como se sabe, en la actualidad es todo de pediatría. La nueva consulta externa está para estrenarse y espero que la actual sea demolida.
En la capilla, que era una linda parroquia, quedó el auditorio Fergusson, muy bonito también, que fue inaugurado por el presidente Belisario Betancourt. Me contaba el maestro José Montero que en la parte sur de la capilla había una calle que iba de la carrera 18 a la 19. Evidentemente en la esquina sur oriental se ven unas raspaduras como de carros que hubieran dejado al bajar y que no han resanado.
El lote del General Valderrama parece que no era la manzana completa; dicen las escrituras que 100 metros de frente, por donde está la calle 10 y la entrada principal del hospital, por 25 de fondo, pero es imposible que haya sido tan poco fondo. Posteriormente, revisando las actas, dice que compraron unos lotes y que iban a ver si podían expropiar unas casuchas de unas viejitas. Realmente el lote no era tan grande porque ahí está el puesto de salud, que no es del hospital, ni la parte sur este del parqueadero, y me parece que nos lo apropiamos. Posteriormente, el resto de la manzana se compró y a mí me tocó siendo presidente la Sociedad de Cirugía, firmar la escritura de compra de la última casa, de esa que después demolieron para hacer la Fundación Universitaria de Ciencias de la Salud. De manera que el lote no era tan grande, fue comprándose poco a poco o lo fueron donando algunas personas, hasta que se completó la manzana. |
|