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Servicio de medicina interna

Doctor José Ignacio Hernández C.

 

Transcurre un tiempo entre 1955 y 1960 en la vida estudiantil en el campo de la medicina y surge con ímpetu la necesidad de poner en marcha las especialidades. Entonces, todas las universidades inician su marcha para tales fines, pero son, a no dudarlo, los hospitales universitarios los líderes para obtener la aprobación del ICFES de esto que se veía fundamental y que cambiaría en forma definitiva el estudio de postgrado.

 

El Hospital de San José, que para esa época tenía su vida universitaria ligada a la Universidad Javeriana, pone todo su empeño con el doctor Juan Consuegra Z., prestigioso cardiólogo quien durante 30 años dirigió el Servicio de Medicina Interna y cardiología, ocupó posiciones destacadas en la administración del hospital, y entre las directivas de la Universidad del Rosario, y apoyó los planes de desarrollo en dos especialidades: medicina interna y cardiología para que los programas que se habían diseñado fueran aprobados como ocurrió. Se da comienzo, pues, a una formación de postgrado que ha persistido hasta el año 2002 sin interrupción, preparando, educando y superando cada vez más, no sólo en lo académico sino en lo humanístico, para que las personas que hayan pasado por este viejo pero hermoso hospital, sean un ejemplo no sólo cuando ejercen la medicina en el país sino fuera de él.

 

En estos 50 años, el servicio de medicina interna, por razones administrativas o locativas, ha tenido sus oficinas en distintos lugares; tradicionalmente estuvieron en los pabellones Manrique y Ragonesi. En el primero se llevaba la actividad asistencial y docente, se leían los electrocardiogramas, se hacían los fono cardiogramas, los vecto cardiogramas y era, a su vez, sitio obligado de asistencia diaria. Araceli, secretaria técnica, consejera y persona vital, fue, a no dudarlo, un eje indispensable, pues todos los que trabajamos entre la época del 60 y el 80 o algo más nos considerábamos protegidos por ella y a su lado transcurrieron muchas horas tratando de aprender todo aquello que en las mañanas realizaban los profesores. Cuán triste fue la muerte de esta mujer, porque para los que nos hicimos a su lado, no la podremos olvidar.

 

En la parte académica y asistencial fueron muchos los profesionales, y todos de gran prestigio, que acudían al servicio ya sea en días específicos o en horas predeterminadas; debo recordar, que conocimos a personas como Guillermo Lara Hernández, Humberto Forero Laverde, Jorge Piñeros Bernal y otros que, aunque no los mencione, asistían como profesores; mas ellos fueron relativamente efímeros porque el doctor Guillermo Fergusson -que a la sazón era director del hospital- resolvió exigir una presencia mayor en los servicios y esto generó el retiro de muchos de los antes mencionados.

 

Llega también por esa época el profesor Andrés Andrade, proveniente de Francia, donde había estudiado cardiología, y se convierte desde allí hasta su retiro por enfermedad cardiológica, en el asistente del doctor Juan Consuegra; era él una persona amable, bien educada, siempre en disposición y ánimo para enseñar, razones que le hacían merecedor de la estimación del cuerpo de residentes, internos y estudiantes.

 

Pero había allí una persona absolutamente fascinante, un baluarte de la medicina interna, una cimentación muy sólida para hacer brillar con luz propia este servicio. Había estudiado en la Universidad Javeriana y se había dedicado de lleno a la docencia, porque allí podía recrear todo su saber, su condición humana, su preparación humanística, y más que un profesor supo demostrar que todos estos atributos lo hacían digno de ser maestro; no hay residentes formados en San José, por las décadas del 60 y 70, que no tengan a bien recordarlo como el inolvidable Carlos Argáez Castello quien posteriormente, en la década de los 80, llegó a ser jefe del departamento médico y en los 90 se retiró dejando hasta hoy la nostalgia que causa el retiro de quien no debería haber abandonado la cátedra. Dichosos aquellos que de alguna manera disfrutamos de su amistad y de sus enseñanzas.

 

Tuvimos también oportunidad de oír, aunque por breve tiempo, a profesores como Rafael Carrizosa, José Vicente Néstor García y al profesor Pablo E. Gutiérrez cuando llegaban a ver a los pacientes con los estudiantes de pregrado. También al profesor Manuel Fernández Arenas, quien, aunque permaneció por poco tiempo, dejó un grato recuerdo en quienes tuvimos la suerte de aprovechar sus enseñanzas.

 

¿Qué era el Hospital de San José para nosotros los residentes? Pues nada menos que nuestra casa: era una familia. Se vivía allí, todos se conocían entre sí, no importaba ni la especialidad ni el servicio, sólo había una meta: prepararnos para ser siempre sobresalientes, para lograr dejar en alto el nombre de nuestro hospital. Los que hacían residencia pertenecían en su gran mayoría a las Universidades Nacional o Javeriana y era tal nuestra entrega que todo parecía que funcionaba como un solo ser.

 

Allí conocí yo a residentes que sin duda han logrado ocupar puestos de honor en el campo de la medicina interna a través de estos 45 años. Recordemos que muchísimos de ellos siguen perteneciendo al cuerpo médico, tanto en la parte asistencial como docente y que no han importado las crisis económicas que ha tenido que padecer el hospital para que ellos sigan siendo fieles a nuestra institución.

 

Son tantos y tantos los especialistas en medicina interna formados, que sería imposible enumerarlos a todos; mas es prudente hacer un reconocimiento a varios de ellos, que dejaron una huella profunda y marcharon hacia otros horizontes, así como otros que han permanecido fieles con el correr del tiempo.

 

Ocupan lugar preferencial los doctores Carlos Jiménez, Carlos Infante, Jorge Carvajal, Gustavo Merchán y Guillermo Mejía, por su prudencia, dedicación, ética y valor docente. Pero debo resaltar al profesor Carlos Jiménez por sus dotes de gente y sabiduría; al abandonar esta casa, partió hacia el Tolima donde vivió practicando la medicina hasta hace muy pocos años.

Mención especial tiene el profesor titular José Vicente Loboguerrero de quien se podría hablar interminablemente y que todavía ilumina la docencia en esta institución. Fue jefe de residentes, internista, hematólogo, coordinador del departamento de medicina interna, presidente de la Sociedad de Hematología, fundador del servicio de hematología del hospital, director del banco de sangre de la Cruz Roja Colombiana, dedicado por entero a la vida docente y académica y es, a no dudarlo, un ejemplo para las nuevas generaciones médicas de cómo ejercer la medicina con alto valor ético.

 

El profesor Mario Marulanda, hombre sabio que entregó su vida a la docencia y ejerciéndola murió rodeado de estudiantes y residentes en el pabellón Ragonesi; creo que nadie que lo haya conocido y tratado podrá olvidar toda su sabiduría, su tolerancia y su entrega total al arte de enseñar.

 

Dignos de recordar son Manuel Ruiz Torres y Héctor González R., con quien nos une una profunda amistad, a pesar de llevar por lo menos dos décadas de no estar como miembros activos de este servicio. Yo, José Ignacio Hernández C., tuve el privilegio de compartir y aprender de todos ellos y me enorgullezco de haber podido representar a mi servicio y a mi hospital en todos los eventos en que hemos podido participar; fui miembro directivo de la ACMI en varias ocasiones, conferencista, miembro de número de la Sociedad de Cardiología y de la Sociedad de Cirugía, jefe del departamento de medicina interna -después del profesor Argáez- y en la actualidad jefe del servicio de medicina interna del hospital y jefe del área médica de la FUCS, profesor titular tanto de la Universidad del Rosario, como, ahora, de la FUCS.

 

Me acompañan desde hace aproximadamente treinta años como colaboradores en los campos asistencial y docente del servicio de medicina interna, los doctores Álvaro Cortés, Ernesto Romero y Jorge Martínez, quienes han demostrado su amor por la docencia, su vocación por la enseñanza y una fidelidad a toda prueba con el hospital y ostenta cada uno de ellos el honor de ser profesor titular.

 

Pero veamos que con las dificultades y reformas a que ha sido sometida la institución estuvimos deambulando con nuestras oficinas por varios pabellones (Ragonesi, Uricoechea, Machado, Montoya, etc.) y ahora hemos sido plenamente gratificados en la parte moderna con una oficina amplia, cómoda y llena de calor humano donde nos podemos encontrar y reunir con nuestros residentes e internos a diario.

 

El retiro de la Universidad Javeriana hizo necesario buscar un aliado para volver a poner en marcha en la parte académica de nuestro hospital y ello dio como resultado la realización de los convenios con el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario y la reapertura de la Facultad de Medicina. Este proceso dio ánimo y no cambió en nada nuestro interés, nuestra devoción y nuestra vocación para continuar en la docencia.

 

Treinta años más o menos dura la unión y luego emerge una facultad propia de la Sociedad de Cirugía y el Hospital de San José llamada Fundación Universitaria de Ciencias de la Salud, FUCS.

Nuestros egresados siguen dándonos satisfacciones cuando buscan nuevas instituciones para hacer especialidades o laboran en las unidades de cuidado intensivo o liderando instituciones u hospitales que prestan servicio a la comunidad.

 

Debo terminar este breve recorrido histórico diciendo que el servicio de medicina interna está orgulloso de contar con 45 años ininterrumpidos generando especialistas en esta rama; que sus profesores tengan la experiencia suficiente para enseñar y además las condiciones éticas para ser admirados, así como un sentido de pertenencia digno de imitar.

 
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