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Recuerdos perennes Doctor Juan Consuegra Z.
El hospital era en esas épocas una clínica privada de staff abierto para el pensionado, con 200 camas, lo cual le permitía atender 300 de caridad como se decía por entonces, casi prácticamente sin ningún costo o limitación en la atención de los pacientes que ingresaban, dándose el caso de que era mejor la atención gratuita en estos servicios que en los de pensionado económico, donde por razones de este tipo había que ser cuidadosos en los gastos de su estadía, limitándose al máximo los exámenes y procedimientos a los más estrictamente necesarios.
Esta sencilla estructura económica le permite a la Sociedad de Cirugía dar un servicio de primera calidad a los pacientes de asistencia social a la que sus capacidades económicas nunca podrían aspirar. Por esta razón, dar de alta a un paciente era a veces complicado, pues deseaban permanecer todo el tiempo posible disfrutando de la atención del hospital: excelente servicio médico, techo, comida y muy buena atención personal por parte de médicos, enfermeras, etc. Tampoco existían por esos años muchas clínicas privadas en Bogotá y San José gozaba de muy buena aceptación en los niveles altos de la sociedad, que se sentía muy bien atendida al tiempo que hacían un servicio social a los menos favorecidos.
El hospital estaba localizado en un barrio residencial de estrato social medio alto y el parque de España y el entorno eran muy agradables y bien habitados.
Como dije, el pensionado era abierto, los médicos de la ciudad traían a sus pacientes y ellos mismos los atendían poniendo el hospital a su servicio, con todos sus recursos e instalaciones, y prestándoles el apoyo de los internos para cumplir sus órdenes, elaborar las historias, servir de ayudantes en las cirugías, y en general cumplir con todas las necesidades del médico tratante; el paciente cancelaba por aparte los honorarios del médico y los gastos del hospital.
El servicio social era atendido únicamente por los miembros de la Sociedad de Cirugía y los diversos niveles de profesionales del staff del hospital; todos trabajaban totalmente ad honorem y solamente se les reconocía un pequeño estipendio a los internos ($15.00 en esa época), quienes vivíamos permanentemente en el hospital y hacíamos turnos de 24 horas día de por medio pues para las 500 camas del hospital éramos solamente 15 internos.
Tampoco estaban reglamentadas las especialidades médicas o quirúrgicas y cada uno se dedicaba a lo que más le gustaba, aunque las más apetecidas eran las quirúrgicas. Los internos no teníamos un plazo definido de permanencia en el hospital; allí estábamos todo el tiempo que considerábamos necesario mientras estábamos en condiciones de graduarnos y salir del hospital a ejercer nuestra profesión o, si teníamos suerte, ser vinculados a la institución como adjuntos de alguno de los servicios, en mi caso pabellón Buendía, servicio de mujeres, medicina interna doctor Laurentino Muñoz.
Nuestro interés era aprender con alguno de los muchos jefes de servicio del hospital que eran los mejores médicos de Bogotá en esa época.
La docencia: la Sociedad de Cirugía tiene entre uno de sus mandatos el ejercer la docencia y eso se hacía en el hospital con los internos que en él trabajábamos; pero fuera de esta actividad propia y en el nivel de postgrado, existía un vínculo con la Universidad Javeriana por medio de un contrato por el cual los estudiantes de semiología y medicina interna asistían y recibían instrucción en el hospital impartida por los médicos de la Sociedad, quienes eran casi todos también profesores de la Nacional.
Ingresé a este programa como monitor de medicina interna y semiología en las cátedras de los doctores Atalaya y Vargas Iriarte, mis jefes en el pabellón Manrique y luego fui promovido a adjunto, profesor, y poco después coordinador de todo el grupo de estudiantes javerianos de medicina interna.
A principios del 50, la Universidad del Valle fundó su escuela de medicina con el patrocinio de la Universidad de Tulane y organizó con Ascofame un simposio en Cali al que asistí con el doctor Guillermo Lara como delegados de la Javeriana, proponiendo al regreso organizar la facultad por departamentos y no por servicios, cosa que fue aceptada por el Decano de la Javeriana, doctor José Antonio Jácome Valderrama y por la Junta Directiva del hospital, siendo nombrado entonces jefe del departamento médico de ambas instituciones y profesor titular de medicina interna de la Javeriana.
En los primeros años del 60, la Javeriana inauguró su Hospital de San Ignacio y algunos de nuestros médicos, algunos egresados de ella, se fueron a su nueva sede y se llevaron las cátedras que tenían en San José. También se inauguró el Hospital Militar y su escuela de postgrado y de nuevo algunos de los nuestros fueron a trabajar allí.
No puedo ocultar que la perspectiva de unos hospitales modernos, bien equipados tecnológicamente y situados mucho más al norte de la ciudad fue una gran tentación, pero seguí en San José aunque tuvimos que ver con cierta tristeza como nuestro nivel académico decaía apreciablemente.
Para solucionar este problema, el doctor Carlos Camacho, miembro de la Sociedad y pionero de la endoscopia digestiva en Colombia, presentó a la sociedad la propuesta de fundar una facultad de postgrado siguiendo las normas que sobre especialidades ya se habían legislado en el país a través de Ascofame, pero esta propuesta, aunque acogida con entusiasmo, tropezó con enormes dificultades. Entonces el doctor Guillermo Fergusson, quien era director, organizó una facultad de pregrado y buscó la afiliación indispensable por ley con algunas de la Universidades de la ciudad. Se pensó en principio en los Andes, que ya tenía un preuniversitario médico, pero sus directivas lo consideraron poco práctico. Aparecieron la Universidad Libre y el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario y por fin llegamos a un acuerdo con su rector, Monseñor Castro Silva, para formar una sociedad en la cual el Rosario y la Sociedad de Cirugía se hacían socios para fundar una facultad de medicina en la cual nosotros aportábamos todos los recursos del hospital y su personal docente con gran experiencia en la Nacional y en la Javeriana, y el Rosario aportaba su nombre, que era indispensable y de paso revivía su antigua escuela de medicina de los primeros años de su fundación.
Así, en 1966 se inició la facultad de medicina del colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, que fue planeada con base en un muy reducido número de estudiantes que garantizara una docencia muy directa, programas de relación directa de los profesores y alumnos y un currículo muy moderno e intensivo que pretendía ser de 5 años, pero solamente nos fue aceptado uno de 6 por Ascofame y la Asociación de Universidades que tenían curriculos más largos.
La nueva facultad fue un éxito en todo sentido y organizó definitivamente en todo el hospital el sistema de departamentos que eran: medicina interna, cirugía, ginecología y obstetricia y pediatría y, como auxiliares, morfología, ciencias básicas, laboratorio y patología, y radiología. Formé parte de los fundadores de la facultad firmando con los doctores Eduardo Cubides (presidente de la Sociedad de Cirugía) Guillermo Fergusson, director del hospital y primer decano de esta facultad, Gustavo Escallón por parte de la sociedad de Cirugía y Monseñor Castro Silva, rector del Rosario y sus delegados los doctores Alfonso Tribín Piedrahita y Hernando Morales como sus representantes.
Todos formamos después, menos el rector, el consejo directivo de la facultad que era presidido por el presidente de la Sociedad de Cirugía.
El Rosario, en una ceremonia especial nos honró con el título de Colegiales Honorarios a los doctores Cubides Pardo, Fergusson, Escallón y quien esto escribe, pues tanto Tribín como Morales eran colegiales de antigua data por haber sido Rosaristas en años anteriores. El decano y Fergusson me dieron carta libre para que organizara el departamento de medicina interna mientras se desarrollaban los cuatro primeros semestres de básicas y patología, y recuperé a mis antiguos colaboradores del tiempo de la Javeriana, los doctores Carlos Argáez, Andrés Andrade, José Lobo Guerrero, Ignacio Hernández, Carlos Jiménez, Jorge Álvaro Carvajal, Manuel Ruiz, y Héctor González Recamán casi todos antiguos internos del hospital y con los que había trabajado de una manera muy amistosa y agradable. José Lobo fue mi primer coordinador y lo fue por 12 años. Su colaboración, su carisma con los estudiantes y sus grandes dotes de maestro y excelente internista y hematólogo fueron un pilar del nuevo departamento. Todos ellos en ese momento se desempeñaban en diversos centros con lujo de competencia e hicieron del departamento médico de San José el eje científico y docente del hospital y de la facultad; les estaré eternamente agradecido por su amistad y cooperación que me permitieron superar con éxito el cisma producido en los años 70 entre el decano y el nuevo rector del Rosario, doctor Antonio Rocha.
Bajo la dirección del nuevo decano, doctor Arturo Aparicio, logré la aprobación de Ascofame para los programas de cardiología (el primero en Colombia) hematología y, poco a poco, todos los demás.
En 1975, cuando ejercía la dirección del hospital, fundé la Escuela de Ciencias de la Salud con el fin de solucionar el problema de la escasez de enfermeras graduadas que afrontaba el hospital. Esto no fue fácil y tuvo numerosos opositores externos por parte del ICFES y, debo decirlo con tristeza, internos de la misma Sociedad de Cirugía. El tesón de María Teresa de Piñeros, mi jefa de enfermería y primera decana de la facultad de enfermería, lograron sacar adelante este proyecto que hoy en día es la Fundación Universitaria de Ciencias de la Salud, con sus programas de medicina, enfermería, citohistotécnica e instrumentación que también han tenido que sufrir un largo calvario para llegar a lo que hoy en día es la FUCS.
Tuve la fortuna de contar con el apoyo de mi amigo, el doctor Guillermo Rueda Montaña, presidente de la sociedad, para poder liderar un programa de remodelación total del hospital para poder competir con los nuevos sistemas de medicina contratada y convertir los pabellones Manrique, Ragonesi, Corpas Sáenz Pinzón y San Rafael en habitaciones modernas con todas las comodidades y ayudas médicas necesarias; reformar el laboratorio clínico y la unidad de cuidado intensivo, la unidad renal inicial y numerosas dependencias de tipo administrativo y comprometiendo a los médicos a participar económicamente en la dotación de equipos de apoyo que el hospital solo no podía financiar.
De paso, en 1975, también como director, firmé el primer contrato nacional asistencial con el ISS por el cual el hospital atendía a sus afiliados con su propio personal, y se crearon, para evitar problemas de orden prestacional, las sociedades médicas que hoy en día, aun con sus problemas de fluidez de caja, son el recurso económico principal de la mayoría de los médicos que tienen que afrontar el despiadado sistema de contrataciones de EPS, IPS, etc, que han deshumanizado la medicina y nos han convertido en trabajadores de la salud.
Los amigos: todo este repaso trae inevitablemente el recuerdo de tantos amigos, pues si en un principio éramos solamente 15 internos, la camaradería y la emulación siempre amistosa nos convertía una especie de mafia en la que nos apoyábamos permanentemente, guardando un gran respeto y admiración por nuestros jefes a quienes defendíamos a capa y espada. El espíritu de San José es algo raro en la medicina y se ha logrado, creo yo, a través de tantos años de convivencia y de verdadero amor a la institución. Cómo no recordar con cariño a nuestros jefes Ramón Atalaya, Eduardo Cubides Pardo, Eduardo Vargas Iriarte, al original Laurentino Muñoz, Jorge Suárez Hoyos, Arturo Aparicio, Eugenio Ordóñez, el conejo Roberto Fonnegra, Hernando Anzola Cubides, Manuel A. Rueda Vargas y tantos otros.
Los amigos mayores, Carlos Camacho, Carlos Perilla, Hernando Gálviz Espinosa, Hernando Gálviz Ordóñez, Fernando Tamayo, Alejandro Jiménez Alberto Villaneda, Juan Marín, Arturo Marroquín, Belisario Calderón todos nos enseñaron algo generosamente y sin alardes.
Los amigotes, Carlos Camacho, Arecio Peñalosa, Humberto Ibáñez, Alberto Escallón, el cabo Zubiría, los Hakim, Jorge Piñeros Bernal, Jairo Isaza Judas Araújo, el negro Álvaro Correa, Juan Arciniegas, Alfonso Rivas, Hernán Rodríguez, Camilo Schrader, Pablo García Infante, Guillermo Lara, Foncho Zureck, Armando Mackormick, Pedro E. Mendoza, Carlos García, Hernando Gómez Vesga, Hernando García Gómez y su hermano, el pote Fabio Guzmán, el chiquito Ernesto Giraldo, Adalberto Gallardo, el loco Schovil, el pálido Efraín González, Gabrielito Gómez Las monjas: la Santa Madre Himelda, la hermana Carlota, la Hermana San Eduardo, la Hermana Juana, etc.
Las enfermeras: la señorita Carmen, mi ángel protector en mis primeros pasos en Manrique, la señorita Beatriz, otra madre protectora de mi ignorancia. María Teresa Piñeros, una reina madre disfrazada de enfermera.
Los enemigos: muy pocos, pero buenos.
Entré a San José el 17 de noviembre de 1948 para hacer un reemplazo en el pabellón Manrique al doctor Carlos García, quien era el interno de ese servicio de medicina interna mujeres, que constaba de unas 40 camas alineadas a lado y lado de los muros occidental (servicio del doctor Atalaya) y oriental (servicio del doctor Iriarte). El doctor Bernardo Samper era el adjunto del pabellón, pero su gestión duró poco tiempo, de tal manera que el interno era prácticamente autónomo. Completaban el personal paramédico la enfermera jefe, la señorita Carmen y algunas auxiliares. Las estudiantes de la escuela de enfermería de la Universidad Nacional hacían prácticas en las mañanas.
Para tomar posesión de mi cargo provisional me presenté esa mañana temprano ante el jefe de internos, doctor Carlos Camacho R., quien me presentó en el servicio que estaba al cuidado, gracias a Dios, de la señorita Carmen.
El hospital: su estructura básica era semejante a la actual pero no existían ni el servicio de pediatría Calixto Torres Umaña ni el bloque que hoy comprende cafeterías, rayos X, salas de cirugía y pabellón Fundadores.
El barrio era una de clase media alta y no existían todos los tugurios que hoy lo rodean pero sí un bonito parque, la plaza de España, con grandes árboles, senderos cuidados y bancas para sentarse. Nosotros, y en especial el doctor Juan Marín, jefe de Anestesia, lo usábamos para hacer ejercicio, pasear y trotar.
En la primera planta del hospital, a la entrada, estaban las oficinas del síndico, la tesorería y la información e ingreso de los pacientes particulares. Un poco más adelante estaba la farmacia de la hermana San Eduardo y sus bellos jarrones de sustancias medicinales pues 90% de la terapéutica era magistral. Ocupaba la parte anterior de un pabellón con camas a lado y lado de cuartos individuales para pensionados llamado San Luís y que hoy está ocupado por las dependencias de sistemas, caja, gerencia, dirección y farmacia por el occidente, y un depósito de archivos y el aula 5. Los cuartos no tenían ventana y sólo estaban separados del corredor que iba a ambos lados por una puerta que dejaba ver los jardines que existen hoy, aunque el oriental fue ocupado más tarde por otras dependencias, bienestar estudiantil y hoy también, en parte, por el salón de espera de los actuales usuarios.
El gran corredor que aparecía al final de San Luís mostraba la escalera que da acceso al segundo piso. Por él se tenía acceso viniendo desde la carrera 18 hacia la 19, en su costado norte, a los pabellones San Rafael (totalmente remodelado por mí hace algunos años); Buendía, hoy ocupado por pagaduría, personal, inmunología, endocrinología, etc., y una escalera que subía al segundo piso al pabellón Corpas, antes la Pola (este cambio dio lugar a un chiste, pues se decía que habían cambiado una agria, la Pola era el nombre de una cerveza de esos tiempos, por una dulce, haciendo alusión al bondadoso carácter del doctor Juan N. Corpas, eminente cirujano de entonces).
A continuación estaba la cocina y el comedor de internos, con mesa de billar y ping-pong, aparato de radio para oír los partidos de la época del dorado y las grandes mesas donde comíamos los internos. Hoy en esta área está ubicada patología.
Seguía la escalera mencionada para subir al corredor principal del segundo piso, el laboratorio clínico y banco de sangre (que remodelé a su actual estado en mi último período de director) en su misma ocupación actual y los pabellones Santa Teresita de pensionado y ocupado hoy por hematología, consulta externa, de cardiología y fisioterapia. Por último, estaba El Carmen, también de pensionados económicos, como Santa Teresita, hoy urgencias, y un montacargas que hacía y aún hace gran ruido y comunica al primer piso con el segundo. En este piso han desaparecido tres pabellones de hospitalización y calculo que unas 100 camas. Hay que anotar que en esas fechas el hospital tenía unas 500 camas entre pensionados y caridad, como las llamábamos.
Al otro lado del corredor y también de oriente a occidente se alineaban el pabellón de maternidad primer piso Torres Barreto, la consulta externa donde era el jefe Alberto Villaneda, quien en compañía de un solo interno despachaba toda la consulta externa del hospital. Como ya dije, no existía Pediatría y, si mal no recuerdo, por los lados de la actual biblioteca estaban las dependencias y el comedor del capellán y a continuación, y haciendo crucero con el corredor de San Luís (hoy Cuatro Vientos), estaba la morgue, y creo que unos lockers para el personal femenino de servicios auxiliares, y al final, la capilla, en esa época parroquia que yo, en 1975, y con palancas que tenía en la curia convertí en auditorio más tarde llamado Guillermo Fergusson. En esa zona y lo que actualmente está ocupado por la reciente extensión de rayos X estaban las calderas inglesas que suministraban agua caliente y vapor a todo el hospital y que en 1975, también con gran pesar y siendo yo director, tuve que dar de baja para instalar la actual que un amigo, el doctor Bernardo Gaitán Mahecha, alcalde de Bogotá en esa época, donó al hospital. Siguiendo el corredor central del tercer piso se encontraba la santería- ropería donde una sola monjita, cuyo nombre no recuerdo, junto con unas pocas muchachas auxiliares cosían toda la ropa del hospital; después, creo que estaba el almacén y no existía ni la escalera ni los ascensores que hoy sirven al pabellón Fundadores que, claro, tampoco existía.
Por último, el corredor de Machado y Uricoechea, ambos de pensionados y que también en 1975, siendo director, contraté con el Seguro Social y que fue el primer contrato médico- asistencial que hizo el Seguro en Bogotá, y creo que en todo el país. Un poco más hacia la carrera 19 había una misteriosa puerta que, creo, comunicaba con Santa Inés, llamada por nosotros el virgal, pues era donde residían unas jovencitas que las monjas educaban y utilizaban para el servicio del hospital. Al subir por la escalera principal de cuatro vientos al segundo piso, se accedía a otro gran corredor paralelo al del primer piso y, a continuación por la pequeña escalera de caracol que aún existe, a los dormitorios de Barrios Unidos donde alguno de nosotros y el interno de turno dormía, situado sobre la sala Sierra que era de cirugía y hoy es la UCI, que también organicé en 1975 en ese período de director y volví a remodelar en 1992 o 93, no recuerdo bien, tal como es hoy, en otro período de director, el mismo que me permitió con la autorización del presidente de entonces, doctor Guillermo Rueda, remodelar la dirección, el laboratorio, la UCI, Manrique, Ragonesi, Corpas, San Rafael, Sáenz Pinzón, la unidad renal y el comedor actual de personal de más rango, y la cafetería general y un comedor especial para los residentes en la primera dirección del hospital, pues he sido director por cuatro años, creo que de 1975 a 1979 y de 1992 a 1996, aunque estoy seguro de que en ambas ocasiones hice dos períodos de 4 años no tengo certeza de las fechas.
Tendría que consultar en personal o en actas pero no creo que sea muy importante, salvo que hacia 1975 y para solucionar el problema de enfermería fundé, gracias al apoyo de otro amigo, Ministro de Educación en esas fechas, el doctor Hernando Durán Dusán la Escuela de Ciencias de la Salud, hoy la FUCS, con la oposición del ICFES y, triste es decirlo, de algunos compañeros de la Sociedad de Cirugía, afortunadamente hoy, tocados por la gracia divina, arrepentidos y colaboradores muy activos en ella. ¡Grande es la misericordia de Dios!
Volviendo a la distribución del segundo piso, también de oriente a occidente, primero por el costado norte teníamos Sáenz Pinzón, medicina hombres, unos cuartos con unas pocas camas que, creo, que eran ginecología; Corpas, la sala Maldonado de cirugía (la capilla de hoy), una repostería y lavado y talcado de guantes del pabellón central, este y su corredor (sus anexos anteriores eran pabellón Cruz Roja, sobre la actual presidencia, y en frente Rayos -una placa decía Rayos X-) también empecé la remodelación de los cuartos anteriores del Central, que comunicaba como hoy con la gran rotonda donde termina la elegante escalera principal del hospital y a continuación el salón de reunión de la Sociedad de Cirugía.
Esto me recuerda que ese año, veía con asombro cómo el único fundador que sobrevivió a los demás, el doctor Pepito Montoya, como cariñosamente le decíamos, asistía en sillas de ruedas a las reuniones de la Sociedad y dirigía aún el Repertorio de Medicina y Cirugía fundado por él y reanudado en buena hora por el doctor Juan di Domenico (uno de mis antiguos profesores de cirugía de la Universidad Nacional) bajo la presidencia del doctor Darío Cadena.
A continuación del central está la rotonda de la sala Sierra, unidad quirúrgica, convertida por mí en UCI hacia 1976. Más adelante había un pequeño cubículo donde hacíamos determinaciones de metabolismo basal, el corredor de Manrique y a continuación, hoy cardiología, estaban las oficinas de anestesia, depósito de balas de oxígeno, supongo; por último Ragonesi y el montacargas.
En el costado sur del corredor, también de oriente a occidente, se ubicaba maternidad, algunas pequeñas dependencias de ginecología, unas cuantas camas en pequeñas instalaciones llamada Santa Cecilia y Santa María, de ginecología, como no existía pediatría tampoco, lo que hoy está encima de la rotonda que es endoscopia enfrente de Maldonado, estaba otra zona quirúrgica llamada Zoilo Cuéllar, que tenía un mirador elevado para ver las cirugías desde arriba, donde también había residencias de internos.
A continuación, algunas dependencias de repostería y enfrente al central, hoy Montoya, era la clausura de las monjas HH. de la Presentación; siguiente a esa puerta estaba una pequeña zona de descanso con una mesita donde tomábamos café llamado, creo, Félix José (cirugía cardiovascular y damas voluntarias hoy), otro pequeño cuartico, casi enfrente del de metabolismo basal, donde el doctor Bernal Tirado iba una vez por semana a leer los pocos elecrocardiogramas que se tomaban y que estaban a cargo del interno Salomón Hakin, interesado en esa época por la cardiología y a quien sucedí en ese menester; precisamente en esa tarea, logré que el director de ese momento, creo que en 1949, el doctor Belisario Calderón, donara un mes de su sueldo, $500.oo, para comprar un electro de registro directo, pues trabajamos todos con un fotográfico que teníamos que revelar en Rayos X, por lo cual los resultados, muchas veces, los teníamos cuando el paciente ya no podía beneficiarse de ese recurso.
Poco más adelante de este cubículo (tampoco existía Fundadores ni las salas quirúrgicas de hoy), había unos pequeños cuartos que me parece que se llamaban pabellón Lino Casas, dedicados a oftalmología donde trabajaban el jefe, doctor Carlos Uribe Aguirre, el adjunto doctor Francisco Arango y su interno y el doctor Fernando García. Este último era hermano de otro interno de la época y dedicado a órganos de los sentidos, Jorge García Gómez, quien inició a su regreso de los Estados Unidos, hacia 1950 ó 51, la broncoscopia, procedimiento que practicó con mucha pericia y con un broncoscopio rígido (el único que se conocía) a un paciente que yo tenía con cáncer de pulmón. ¡Tiempos heroicos! Al final del corredor estaba la entrada a Uricoechea (pensionados) frente a Ragonesi, caridad medicina hombres. Por último la misteriosa escalera otra vez.
El tercer piso, sobre maternidad, no recuerdo qué servicio prestaba, pero creo que era alojamiento del personal de servicios. Sobre las rotondas de las salas de cirugía Sierra, Maldonado y Zoilo Cuéllar estaban nuestros cuartos, pues la mayoría de nosotros vivíamos del todo en el hospital; claro que el baño era ducha de agua fría, por lo cual aprovechamos los festivos para usar los del Central, que eran de agua caliente.
Los servicios: los numerosos pabellones sumaban aproximadamente 500 camas, de las cuales 200 eran de pensionados y sostenía a las 300 de caridad, como las llamábamos, pues eran totalmente gratuitas y tenían gran pedido pues en San José laboraban los mejores profesionales de Bogotá, especialmente en la rama quirúrgica, donde estaban todas las estrellas de esa época. Estos pabellones eran: San Luís (pensionados), San Rafael (pensionados económicos), Buendía (caridad medicina mujeres), Santa Teresita (pensionados económicos), El Carmen (pensionados económicos), Uricoechea (pensionados económicos), Torres Barreto (pensionados maternidad), Sáenz Pinzón (caridad hombre medicina), La Pola (caridad cirugía mujeres), Central (pensionados de primera), Manrique (caridad medicina mujeres), Ragonesi (caridad medicina hombres), Lino Casas (caridad oftalmología), Santa María y Santa Cecilia (ginecología caridad), Maternidad (pensionados).
Casi todos los pabellones de caridad, con excepción de Buendía, que lo dirigía solo Laurentino Muñoz, estaban divididos en dos servicios, uno las camas del lado oriental y otro del occidental, y llevaban el nombre del jefe de dicho servicio, así: pabellón Manrique, ala oriental Ramón Atalaya, ala occidental, doctor Vargas Iriarte, Sáenz Pinzón, doctor Patrocinio Díaz, o servicio doctor Aguilera Camacho, doctor Luque, doctor Triana Cortés, doctor Anzola, etcétera, cada uno con un subjefe llamado adjunto. |
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