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Más de 60 años en el Hospital de San José

Doctor Juan di Domenico di R.
Miembro honorario de la Sociedad de Cirugía de Bogotá

 

Colangiografía operatoria


Otro aporte útil, pero que fue difícil imponer, lo constituyó la colangiografía operatoria. Los medios para practicarla durante el acto quirúrgico no eran adecuados: no había aparato de rayos X portátil con suficiente potencia; para mantener al paciente en apnea con el fin de tomar la radiografía, era necesario hiperventilarlo primero y después contener su respiración; no era fácil sincronizar la inyección del líquido opaco con la toma de la placa y esta no era desarrollada con rapidez.

En fin, una serie de factores que hacían de esta interesante investigación un acto tedioso y que solamente el deseo de la innovación me empujaba a insistir a seguir ejecutándolo. Los resultados de los estudios colangio-gráficos hechos en San José, con la colaboración del doctor Mario Negret López, me permitieron presentar un trabajo para ser admitido como candidato a miembro de número de la Sociedad de Cirugía. Yo ya había presentado el trabajo preliminar en la III Convención de Gastroenterología en Bucaramanga. A propósito de este medio de diagnóstico, les relato otro episodio anecdótico.

 

No recuerdo el año preciso (quizás en los años 50) en que el famoso cirujano Frank Lahey visitó a Bogotá y en especial el Hospital de San José, para ese entonces considerado como el centro quirúrgico mejor dotado del país. Después de haber recorrido los diversos servicios, en el corredor principal, yo tuve una conversación sobre su pensamiento en relación con la colangiografía operatoria. Yo sabía que los norteamericanos eran un poco reacios en aceptar las bondades de ese interesante y útil medio de diagnóstico, para descubrir litiasis del colédoco y alteraciones de la función del esfínter de Oddi.

 

El doctor Lahey me dijo que en su clínica no era necesario acudir a ella, pues los cirujanos eran capaces de detectar los cálculos alojados en las vías biliares y eran raros los casos de litiasis residual. Yo le hice notar cómo, en publicaciones recientes hechas por notables cirujanos de su institución, se registraba más de 15% de litiasis residual, comparada con la anotada por cirujanos argentinos (Pablo Mirizzi de 0 a 1%). K se volteó hacia mí extrañado, frunció el ceño con un gesto de incredulidad y siguió su visita sin comentarios ulteriores.

 

Cirugía de corazón


En la época en que la cirugía cardiaca empezaba a balbucear y aún no había especialidad de cardiocirugía en el hospital, yo leía artículos en revistas y textos que detallaban las técnicas específicas para algunas valvulopatías y cardiopatías congénitas. Cierto que la habilidad y destreza adquirida en la cirugía en perros que practiqué, durante un par de meses, en 1947 en Los Ángeles, California, me había dado seguridad en toda clase de intervenciones.

Me propuse aplicar dichas técnicas en los hospitales en donde yo tenía facilidades para ejecutarlas. Fue así como en San José le propuse a Juan Consuegra Zulaica el plan de tratamiento de la estenosis mitrálica. Se trata de abrir el tórax, colapsar a medias el pulmón izquierdo, localizar la auriculilla izquierda, practicar una sutura en bolsa de tabaco en su base, cerrarla moderadamente, levantar la auriculilla por su punta, hacer una incisión en ella que permita el paso del dedo índice, que se introduce suavemente mientras el ayudante ajusta la sutura de modo que no sangre por los lados, localizar la válvula mitral, forzar su apertura, y hacer un movimiento de vaivén a lo largo de la apertura hasta que se sienta que las adherencias hayan sido vencidas.

 

El doctor Consuegra (quien antes de la operación había comprobado el fuerte soplo mitrálico), una vez hecha la comisurotomía verificaba y me confirmaba con satisfacción su desaparición total (o en algunos casos inveterados) casi total. Cierre de la bolsa y de la incisión en auriculilla y cierre del tórax como de costumbre. También practiqué persistencias del conducto de Botal, ligando o seccionándolo, siempre con la asistencia médica de Juan Consuegra. Quizás él no recuerde estos episodios, pero estoy seguro de que al leerlos, los volverá a grabar en su memoria. Ya están en este número especial que celebra los cien años de la fundación de la Sociedad de Cirugía. No sé a ciencia cierta si estas intervenciones (también las practiqué en San Juan de Dios), fueron las primeras, o entre las primeras, efectuadas en el país. ¡Dejo esa investigación a los historiadores de la medicina, para que se diviertan buscando datos!

 

Docencia


Ha sido y es el objeto principal de mi carrera. Desde mi llegada a Bogotá empecé a guiar a internos y personal recién graduado, tanto en el Hospital de San José‚ como en La Hortúa. Afortunadamente mi experiencia ha sido vasta, por haberme comprometido en esa actividad desde el comienzo de mi carrera. Pude estar, por suerte, en contacto con los jóvenes en formación y los profesionales que iniciaban sus actividades médicas.

 

Preocupado por preparar médicos que estuviesen a la altura de resolver cualquier problema de salud en las regiones menos favorecidas del país, y como preludio de lo que serían más tarde las residencias en las diversas especialidades, yo propuse y puse en práctica una modalidad que podía semejar la residencia de las escuelas norteamericanas: año y medio de internado rotatorio, denominado “junior” y otro año y medio, denominado “senior”, en la especialidad escogida por el candidato.

 

Este sistema, sin ser del todo satisfactorio, permitía al joven repasar o llenar los inevitables vacíos dejados por la enseñanza en las facultades de medicina del país, revisar las ciencias básicas tan necesarias para la especialidad, afinar los diagnósticos paraclínicos, perfeccionar la anatomía patológica y luego dedicarse de lleno a la especialidad. Después de terminados estos dos ciclos de internado, seguían los años de práctica profesional, sea en ciudades de provincia o en centros universitarios. Esta modalidad de enseñanza de posgrado dio sus frutos, beneficiando a multitud de jóvenes que fueron a llenar los vacíos en ciudades intermedias que carecían de médicos bien preparados y listos a hacerle frente a cualquier contingencia.

 

Era el médico que el país necesitaba en ese momento y aun en momentos actuales, cuando todos los organismos de la salud se “desce-rebran” para producir a este famoso médico que el país necesita.

 

Después, al fundarse la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina, se empezaron a poner en práctica los programas de residencias, en su mayor parte calcados de los norteamericanos. En ellos también yo tomé parte activa. Así, yo estuve presenciando la consolidación de todos mis esfuerzos por un cambio saludable que beneficiara no solamente la cirugía sino igualmente a la medicina en general.

 

También es imprescindible explicar que en los años 40 se estaba gestando el inicio de la facultad de medicina de la Pontificia Universidad Javeriana, en cuya fundación tomé parte. Más tarde, cuando se fundó la cátedra de cirugía experimental, llegué a ser el profesor titular. Durante ese período, muchos residentes del hospital de San José y hicieron las primeras intervenciones quirúrgicas y aprendieron a tratar los tejidos con la gentileza y delicadeza que yo les había impartido en las clases de clínica quirúrgica. No concebía ello la dicotomía entre la medicina operatoria y la clínica quirúrgica. Para mí siempre se complementaron la una con la otra, como es habitual en la actualidad.

 

En el laboratorio de cirugía experimental, en perros, que con el concurso del doctor Carlos Camacho se fundó en el hospital, después de haber sido profesor de técnica quirúrgica en la Javeriana, en donde inicié técnicas especiales de esofagoyeyunostomía y de neoformación de la papila de Vater, después de resección distal del colédoco; resecciones hepáticas, en las que comprobé que el hígado restante se regeneraba completamente y con características histo-lógicas normales.

 

En el curso de cuatro semanas (a ese respecto publiqué un libro conjuntamente con los profesores Vittorio Pettinati y Adamo Dagradi de la clínica quirúrgica de la Universidad de Padova, Italia, en el que se recogieron las experiencias mutuas sobre esa materia); uniones vasculares y de piel mediante “biopegantes” (que parecen regresar de moda ahora) ensayando también los ganchos de instrumental ruso; además, muchas otras modificaciones en herniorrafias, métodos de cierre de la incisión abdominal, detalles de suturas, etc. En el laboratorio del San José, entrené a los residentes de cirugía en varias técnicas antes de que operaran enfermos del servicio.

 

Como técnicas quirúrgicas, que podrían denominarse “originales”, iniciadas en el laboratorio de cirugía experimental, puse en práctica la técnica de la resección fundocorporal para el tratamiento definitivo de la úlcera péptica; la esofagoyeyunostomía laterolateral.

 

Eventos para destacar


En el V Congreso Panamericano de Gastro-enterología que tuvo lugar en La Habana en el año 1956 establecimos contacto eficiente con un buen número de extraordinarios especialistas y los invitamos a tomar parte en el primer curso de gastroenterología en el Hospital de San José, que se planeaba para julio de ese mismo año. Aceptaron, y posteriormente participaron, los ilustres gastroenterólogos Franz J. Ingelfinger (Boston), Hans Popper (Chicago), Bernardo Sepúlveda (México), J. Frederick Monaghan (Filadelfia) y Seymur Gray (Boston).

 

Acosta García, Carlos Camacho, Rafael de Zubiría, Alberto Albornoz, Jorge Segura, Raúl Paredes y Alfonso Jaramillo, todos contribuyeron admirablemente. Recuerdo que con el fin de conservar una estrecha colaboración entre nosotros, decidimos reunirnos a trabajar intensamente en la casa de cada uno de los miembros de la Junta, en donde éramos luego atendidos con una magnífica comida. Fueron esos días inolvidables en que la camaradería y el aprecio mutuo centuplicaron nuestros esfuerzos. La convención se perfilaba de proporciones extraordinarias y el primer Curso para post-graduados del Hospital de San José parecía constituirse en un éxito rotundo.

 

Casi todos los colegas invitados del exterior enviaron su adhesión. En esa época, no disponiendo de traductoras simultáneas, apelamos a la contribución invaluable de Mario Gaitán Yanguas y Antonio Ordóñez Plaja, quienes cumplieron a cabalidad con el aplauso de los numerosos asistentes a una tarea extraordinaria. Con la ayuda del personal de la Sociedad de Cirugía de Bogotá, técnicos de sonido, etc. se construyó una cabina de transmisión ad hoc, con un extenso cableado que terminaba en cada uno de los enchufes asegurados en la parte posterior de las sillas del Salón de Sesiones de la Sociedad huésped, y de ahí la conexión a los receptores individuales.

 

Recuerdo que esos enchufes duraron varios años sin que nadie los tocara. En las sillas actuales han quedado las “cicatrices” causadas por los enchufes retirados (¡nada parecido a las facilidades actuales!). Se fijaron las siguiente cuotas de inscripción: para la convención: ¡50 pesos, para el curso; 350 pesos, para los miembros de la Sociedad y 400 pesos para los demás!.

 

En los años cincuenta o sesenta, “la época de oro del Hospital de San José”, se realizó un curso, con invitados de otras partes del país y extranjeros, durante el cual se hicieron algunas demostraciones quirúrgicas. Fue entonces cuando, con la colaboración de los laboratorios Squibb, se llevó a cabo la transmisión del evento utilizando televisión en circuito cerrado. Para tal fin se escogió la facultad de medicina de la Universidad Nacional, situada, en ese entonces, más arriba del hospital y con vía óptica directa. Creo que ha sido una de las primeras, si no la primera, transmisión a distancia con ese medio. Me tocó hacer de maestro de ceremonias y presentar al micrófono cuanto ocurría en las salas de cirugía. Fue todo un espectáculo.

 

Es importante dejar constancia de todos estos episodios, porque, infortunadamente, la mayoría de ellos, por su carácter informal no reposan en actas del servicio de cirugía o de la junta directiva del hospital. Por eso, en el admirable libro de Laurentino Muñoz, sobre la historia del Hospital de San José, el doctor Juan di Domenico di Ruggiero no aparece por ningún lado, o es poco notado.

 
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