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Revista Colombiana de Cirugia Plástica
y Reconstructiva
Entendiendo el envejecimiento facial 3. Teoría de los telómeros Fue expuesta por Olovnikov en 1971, basado en los conceptos previos de Barbara Mc Clintock en 1941 y de J. Muller en 1938, quienes evidenciaron que los extremos del cromosoma son distintos al resto del cromosoma. La ADN polimerasa lee de extremo 5´ a 3´ y no puede iniciar la síntesis de la cadena sin la ayuda del primer. Así, una cadena de ADN puede ser replicada hasta el final, pero la otra tiene una brecha de 8 a 12 bases en el extremo 5´, esto se manifiesta en que cada cromosoma de una célula que se divide constantemente, puede acortarse progresivamente en ambos extremos hasta que una secuencia fundamental llega a ser eliminada o inactivada. La pérdida de esta secuencia fundamental es asumida como la responsable de iniciar el proceso de envejecimiento (9, 23). Los telómeros son las estructuras que cubren los extremos de los cromosomas, y consisten en repeticiones cortas terminales de ADN. Su función es proteger el cromosoma contra los daños, mantener la longitud normal de cada cromosoma y la organización celular, debido a su asociación con la membrana nuclear y otras estructuras. La pérdida de los telómeros puede llevar a translocaciones, fusiones o realineamientos entre estas secciones del cromosoma (1). Estos telómeros son replicados por la ADN polimerasa en conjunto con una enzima inusual llamada telomerasa, que contiene secuencias complementarias cortas de ARN para el ADN, así cuando la telomerasa está activa, los extremos cortos de ADN terminales no replicados se llenan por la secuencia 5´-TTAGGG-3´ codificados por el ARN de la enzima, de tal manera que el cromosoma conserva su longitud. De esto se deduce que si la enzima es inactivada, cada cromosoma puede perder algún ADN telomérico en cada ronda de replicación. Esta hipótesis sostiene que las células potencialmente inmortales como las germinales y las cancerígenas mantienen la actividad de la telomerasa y pueden dividirse indefinidamente sin que sus cromosomas se acorten. De otro lado, las células con una expectativa de replicación limitada, pueden no tener actividad de telomerasa, y así el progresivo acortamiento de los telómeros durante la división celular puede servir como un reloj mitótico (1, 9, 17). Según los defensores de esta teoría, tal proceso ocurre temprano en la embriogénesis, cuando el gen que codifica la telomerasa es inactivado en las células somáticas (18). Así, aunque las manifestaciones del envejecimiento se dan tardíamente en la vida, los procesos moleculares ocurren en etapas tempranas. 4. Teoría del entrecruzamiento Esta teoría tiene mucho que ver con la piel, la cual cuando se es joven es suave y flexible, mientras que con la edad, se torna áspera y poco flexible. Se postula que con la edad algunas proteínas, entre ellas el colágeno, empiezan a incrementar sus entrecruzamientos e impiden los procesos metabólicos por obstrucción al paso de nutrientes y desperdicios desde y hacia las células. Esto mismo puede ocurrir en los ácidos nucleicos (2). Cambios que ocurren con el envejecimiento Si el proceso de envejecimiento es complejo, más aún lo son los cambios con los que éste se manifiesta en el individuo, debido a que las complejas alteraciones presentes en niveles inferiores del sistema organizacional antes expuesto, siempre tienen como resultado cambios en estadios superiores, que se manifiestan como las modificaciones que normalmente observamos en la persona que envejece frente a nuestros ojos (1,6,10). Aunque los cambios ocurren prácticamente en todos los órganos y sistemas del organismo, siendo algunos más notorios que otros, en síntesis nos hacen caer en cuenta que una persona está vieja. Sin embargo, además de la complejidad que ofrece el sistema organizacional, podemos complicar aún más las cosas, al preguntarnos el porqué algunas personas tienen manifestaciones de envejecimiento en ciertos órganos más que en otros, o ¿porqué existen diversas tasas de cambio entre los diversos individuos?, ¿hacen parte de un envejecimiento normal las patologías relacionadas con la edad? La respuesta a estos interrogantes aún está por ser esclarecida, pero lo que sí es claro es que todos sufriremos dicho proceso, en una forma distinta cada uno, pero con el mismo resultado: en un futuro seremos viejos. Partiendo de ese modelo organizacional, veremos cómo los cambios en las diversas estructuras faciales llevaran a modificaciones en la apariencia de la cara, que son las que finalmente nos permitirán darnos cuenta que estamos envejeciendo. Cambios en la piel Como todos sabemos la piel es un órgano extenso que tiene múltiples funciones, entre ellas la actuar como barrera entre el organismo y el medio externo, la termorregulación, el balance hídrico corporal y funciones inmunológicas entre otras. Sin embargo, una de las grandes funciones de la piel y en la cual pocas veces se cae en cuenta, es que forma parte de nuestro rol social: constituye la primera aproximación que los demás tienen de nosotros y nosotros de ellos al interrelacionarnos en la vida cotidiana. Esto hace que día a día se preste más interés a su cuidado y que gracias al mundo comercial en el que vivimos se gaste a diario grandes cantidades de dinero y esfuerzo por mantenerla sana y joven, en procura de una buena autoestima. Los cambios con el proceso de envejecimiento se manifiestan en la piel como un todo, pero realmente afectan a cada una de las diferentes capas que la conforman, hallazgos que fueron descritos por Kligman, Grove, y Balin (1,11,12,25) en 1985, tal como se puntualiza a continuación: Epidermis Aunque la epidermis como tal no se hace más delgada con el envejecimiento, sí se observa una disminución en la densidad de las papilas dérmicas, las cuales son las encargadas de anclar la epidermis a la dermis, por eso la piel envejecida toma un aspecto suelto con respecto a la piel joven. Aparentemente la capacidad mitótica de las células basales disminuye con la edad, haciendo que el proceso de recambio celular normal que ocurre en la epidermis sea más retardado. Sin embargo, no hay estudios conclusivos que demuestren cambios en la conformación de las capas celulares de la epidermis (1, 2, 12). Dermis La dermis se hace más delgada con la edad, existiendo además un cambio en la red de fibras de colágeno localizadas a este nivel, lo cual lleva a una disminución del colágeno por unidad de superficie de área (26). El paquete de fibras se hace mas largo y grueso, con grandes espacios entre ellos, lo que genera un aspecto suelto del colágeno. El hecho de que los hombres tengan una dermis más gruesa que las mujeres puede ayudar a explicar el porqué la piel facial de las mujeres parece deteriorarse más pronto con la edad, particularmente durante la menopausia. El otro componente de la dermis, la elastina no se encuentra exenta de alteraciones; se ha observado que durante el envejecimiento se pierden grandes cantidades de estas fibras en las capas superficiales de la dermis, asociándose a un incremento desorganizado de fibras elásticas en las capas profundas, las cuales son más largas, gruesas, desordenadas y poco elásticas. El efecto neto de estos cambios es piel suelta que es susceptible a arrugarse. Los anexos cutáneos presentes en estas capas también sufren alteraciones; las glándulas sudoríparas tienden a desaparecer o a volverse inactivas lo cual lleva a una disminución notoria de la sudoración con las consecuencias que ello acarrea dentro del proceso de termorregulación; las glándulas sebáceas y apocrinas muestran una disminución en su producción aunque la glándula como tal sufre hipertrofia; los poros aumentan de tamaño y el pelo cambia de vello a pelo terminal en áreas no deseadas dando a la piel una apariencia gruesa (1, 2, 3, 15). El pelo presenta un comportamiento muy diverso en el proceso de envejecimiento, ya que su crecimiento disminuye en la cabeza, pero se observa un aumento en otras zonas como los pabellones auriculares y la nariz. En las mujeres se observa un aumento del pelo sobre el labio superior después de la menopausia. En general, el número de folículos pilosos disminuye debido a procesos de atrofia y fibrosis. Además, se observa un aumento del número de folículos en fase telógena. Se evidencia también un cambio en la coloración del pelo tornándose este gris debido a disminución de la cantidad de melanina en el folículo, ocasionada por una disminución de las células productoras de melanina. Aunque se tiende a asociar el color gris del pelo como signo de vejez, esto no siempre es correcto y además no hay un patrón específico que permita usar esta variable como un biomarcador de vejez (1, 2, 12,13,15). Hipodermis A este nivel también existe un proceso de atrofia, que altera sus funciones de protección, reserva calórica y termorregulación, además de participar en la génesis de las arrugas, como veremos más adelante. Dicha atrofia no es generalizada y se observa más en el dorso de las manos a nivel, plantas de los pies y en la cara. Se genera así una alteración funcional de mayor importancia, consistente en la disminución de las reservas calóricas y de la termorregulación, lo cual lleva a que las personas de edad se encuentren más propensas a la hipotermia, y a los traumas que las personas jóvenes. Todo lo anterior se refleja en la aparición de arrugas, las cuales constituyen el reflejo más claro de que una persona está envejeciendo, sin embargo el por qué de ellas no está muy bien dilucidado, ya que el estudio anatómico de las arrugas no muestra cambios con respecto al resto de la piel, pero sí una causa anatómica subyacente, de tipo multifactorial (Tabla 2). Se piensa que las arrugas tienen su origen en la disminución de las papilas dérmicas, en la alteración de las fibras de elastina de la dermis y parte en la pérdida de sostén y relleno de la hipodermis. De esta manera, la pérdida de la almohadilla hipodérmica, la disminución de la elasticidad y el quebranto de la unión entre la dermis y la epidermis permite a la piel ser traccionada hacia abajo más fácilmente por acción de la gravedad. La disminución de la masa muscular también contribuye a la pérdida de firmeza de la piel observada con la vejez. La aparición de otras arrugas se favore por el uso: las expresiones faciales habituales como la risa y el fruncir el ceño pueden acentuar la formación de arrugas perpendiculares a la tracción de los músculos, como son las arrugas del entrecejo, las patas de gallina y las arrugas del surco nasolabial (11, 12, 13).
Con el envejecimiento, además de aparecer arrugas, la piel también
pierde su coloración normal, tornándose amarilla y áspera,
más seca, pruriginosa, frágil, atrófica y hundida. Para nadie es un misterio que el ser humano vive constantemente expuesto a la radiación ultravioleta proveniente de la luz solar, ya sea por el ambiente laboral y cotidiano o en forma recreativa durante los períodos de vacaciones donde incluso se abusa de la exposición al sol. Esta radiación ultravioleta produce cambios acelerados en el envejecimiento de la piel, especialmente en las áreas expuestas, que en conjunto son conocidos como fotoenvejecimiento (24). Además, dicha exposición a la radiación solar es la causal del desarrollo de los diversos tipos de cáncer de piel, incluyendo las formas mas malignas de melanoma. Sea cual sea el caso, fotoenvejecimiento o patologías malignas de la piel, el efecto de la radiación solar se da por un proceso acumulativo de la radiación ultravioleta y no por la exposición aislada. Esta exposición acumulativa al sol es la principal culpable del envejecimiento de la piel dentro de los factores extrínsecos responsables del envejecimiento (13, 14, 28). Los cambios visibles del fotoenvejecimiento en la piel incluyen, entre otros (12, 27): · Cambios de coloración y manchas (melasma). Los cambios histológicos y estructurales de la piel envejecida
por el sol ocurren principalmente en la dermis, sin embargo en la epidermis
se observa que el estrato córneo se torna más compacto,
con alteraciones de la alineación celular, presencia de displasia
y queratinocitos atípicos. Las metaloproteinasas son una familia de enzimas proteolíticas que degradan el colágeno, la elastina y otros componentes del tejido conectivo. Se ha demostrado que la exposición a la luz ultravioleta induce la producción de tres metaloproteinasas: colagenasa, 92-kd gelatinasa y estromelisina 1. La acción de éstas lleva a una degradación del colágeno, lo cual es uno de los efectos del sol en el fotoenvejecimiento. De acuerdo a sus características se ha clasificado el fotoenvejecimiento en cuatro tipos y esto ayuda a plantear el tipo de tratamiento a seguir al momento de enfrentarnos al manejo de la piel envejecida (12,16) (Tabla 3).
De esta manera, el daño actínico puede incrementar el proceso normal del envejecimiento haciendo que la piel se torne más vieja, a menor tiempo y con mayor predisposición a desarrollar patologías malignas. De lo anterior se deduce que es fundamental proteger nuestra piel del abuso del sol con una adecuada exposición y uso de protectores de la radiación ultravioleta. Conclusiones El envejecimiento es un proceso multifactorial que afecta de diversas formas a cada uno de los individuos. Debido a su gran complejidad, aún no se han logrado dilucidar del todo los grandes misterios que se ocultan detrás de este fenómeno. Los avances moleculares y genéticos en un futuro cercano serán la clave para el entendimiento y manejo de este proceso natural que vemos pasar día a día frente a nuestros ojos. Hemos visto cómo la piel es uno de los órganos donde el envejecimiento deja su huella; sin embargo, las estructuras subyacentes y los demás órganos corporales también sufren las consecuencias del pasar de los años. En la segunda parte de este artículo veremos cómo la influencia de los años sobre el músculo, el cartílago, los ligamentos de sostén y las estructuras del esqueleto maxilofacial, sumados a los cambios de la piel ya mencionados, llevan a que la expresión facial de las personas cambie y por lo tanto nos percatemos de que el pasar de los años deja huellas imborrables en cada uno de nosotros. JUAN CAMILO NOREÑA A., M.D. Bibliografía 1. Arking R. Biology of Aging: Observations and principles.
2nd ed. Suderland, Massachusetts: Sinauer; 1998. |
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