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Adolfo de Francisco Zea, MD. Indice de la revista - Pagina1 - Pagina 2
Para muchos pensadores de antaño, el lenguaje hablado y escrito era la más importante de las invenciones culturales del hombre, la quintaesencia de su capacidad para utilizar símbolos y el hecho biológico sin precedentes que irrevocablemente separa al ser humano de las demás especies animales. Las ciencias cognitivas desarrolladas en las últimas décadas, consideran, sin embargo, que el lenguaje no es un artefacto cultural, al igual que tampoco lo es la posición erguida. Como lo ha señalado Steven Pinker, el lenguaje no es otra cosa que una habilidad especializada compleja que se desarrolla espontáneamente en el ser humano sin esfuerzo consciente de su parte o instrucción formal alguna; que se despliega desde la niñez sin que el niño tenga conocimientos de su lógica básica; que es cualitativamente igual en todos los seres humanos y que se diferencia, además, de otras habilidades generales para procesar información o conducirse inteligentemente.
William James, el filósofo del pragmatismo que en el terreno de la biología seguía de cerca las ideas darwinistas, despejó los temores de aquellos que pensaban que los instintos eran solamente impulsos biológicos inferiores muy distantes del cenit del intelecto humano. Señaló que el Hombre posee los instintos de los animales y muchos más de mayor jerarquía, y que la naturaleza instintiva del pensamiento es justamente lo que nos hace tan difícil comprender su carácter de instinto. Descartó como absurda la tesis de que el lenguaje y el pensamiento son una misma cosa e hizo énfasis en la existencia de lenguajes no verbales que permiten la expresión sin necesidad de acudir a la palabra. En efecto, muchas mentes creativas insisten en el hecho singular de que en sus momentos de máxima inspiración, piensan mediante imágenes o representaciones mentales en las que no está presente la palabra. Einstein, por ejemplo, combinaba y reproducía a voluntad las imágenes visuales que se engendraban en su cerebro y su esfuerzo interior estribaba en poderlas traducir a palabras o signos matemáticos que fueran inteligibles para los demás. Ese trabajo de elaboración de las imágenes mentales, al que Einstein se refirió en su autobiografía, y su transformación en pensamiento organizado que puede luego traducirse en palabras, significa, a mi modo de ver, el paso de la subjetividad de las imágenes fabricadas en el cerebro a la objetividad del pensamiento, que en el caso del sabio, se expresaba a través del lenguaje articulado en espléndidas doctrinas científicas y en juiciosas sentencias morales. Las neurociencias, que no han logrado descubrir todavía la localización cerebral del lenguaje complejo y que tan sólo han podido definir hasta ahora las áreas implicadas en la articulación de las palabras, han podido establecer, sin embargo, que en los seres humanos el pensamiento abstracto y la simbología de las matemáticas se elaboran en el hemisferio izquierdo del cerebro en tanto que los sentimientos y las emociones, el sentido de lo artístico, la orientación espacial y la musicalidad misma tienen su génesis en el derecho. Pero para William James, un pensador que estudió siempre los problemas del Ser desde cúspides inmortales, las doctrinas biológicas de Darwin no eran suficientes para entender y explicar la condición humana. En sus planteamientos filosóficos se apartó del maestro, e intuyó que más allá de lo físico, lo biológico y lo psíquico, existe un plano espiritual en el que al Hombre le es dable desarrollar su más altas potencialidades; y al avanzar aún más en sus cogitaciones, señaló que la más alta y la más noble cumbre del entendimiento humano es el sentimiento religioso. Al trascender más allá de la biología, el pensamiento del filósofo abrió las puertas a una más elevada comprensión de la esencia de la creación artística, de las obras literarias, de la poesía, y de las concepciones científicas, filosóficas y religiosas del Hombre; y dejó la inquietud en las gentes del siglo XIX que los alcances intelectuales y espirituales de la humanidad, tal como lo señalan también algunas filosofías orientales, no pueden explicarse tan sólo desde el ángulo de lo meramente material. Noam Chomsky, el célebre lingüista considerado por algunos como el máximo exponente de la revolución moderna de las ciencias cognitivas, ha señalado dos hechos fundamentales en relación con el lenguaje: el primero de ellos, es que cada frase que una persona pronuncia o entiende es una combinación nueva de palabras que aparece por primera vez en la historia del universo, y que para su correcta expresión, el cerebro debe poseer estructuras profundas en donde se genere una gramática mental capaz de construir un número ilimitado de frases a partir de un número limitado de palabras. Esas “estructuras profundas”, postuladas hace medio siglo, tenían que ver esencialmente con lo oculto, lo profundo, lo lleno de sentido y lo universal; y esta manera de pensar del preclaro científico, condujo paulatinamente a que en los medios intelectuales se comenzara a hablar en adelante de las estructuras profundas de la percepción visual; de los cuentos, los poemas y los mitos; de la pintura y la composición musical. El segundo de los hechos, señalados por Chomsky, es que los niños desarrollan espontáneamente y con rapidez complejas gramáticas, y que a medida que crecen, dan interpretaciones consistentes a frases nuevas que antes les eran desconocidas. Las anteriores reflexiones le llevaron a postular la hipótesis de que los niños estarían equipados, de manera innata, con una especie de Gramática Universal que les indica cómo extraer los patrones sintácticos del lenguaje de sus padres lo que a su vez les permite coordinar y unir las palabras para formar oraciones y expresar conceptos. Si bien es cierto que los planteamientos del célebre lingüista no son aceptados de manera unánime por los intelectuales y los hombres de ciencia, constituyen sin duda alguna enfoques novedosos y aproximaciones interesantes a la solución del secreto misterio que encierra el lenguaje. “El lenguaje”, nos señala Danilo Cruz Vélez, “nos rodea por todas partes como el aire, y así como del aire depende nuestro ser biológico, del lenguaje depende nuestro ser específicamente humano. No hay, por tanto”, continúa el filósofo, “nada que esté más cerca de nosotros que el lenguaje. Todo lo que somos, lo que hemos sido y lo que seremos,.... está entretejido indisolublemente con el lenguaje”. |