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Contenido de la revista- Siguiente Obesidad:
El mundo desarrollado ha visto con preocupación en los últimos años una creciente incidencia de la obesidad, junto con sus complicacionesdesfavorables, en particular la diabetes mellitus, hasta tal punto que hoy se habla de esos trastornos como nuevas epidemias. En Estados Unidos de Norteamérica, por ejemplo, al menos 25% de la población es obesa, mientras que casi la mitad tiene algún grado de sobrepeso. Algunos estimativos indican que 3 a 4 de cada 10 casos de enfermedad coronaria sintomática ocurren en individuos obesos, mientras que 8 de cada 10 casos de diabetes mellitus tipo 2 suceden en personas con sobrepeso. Algunos investigadores han calculado que el riesgo de diabetes mellitus futura se incrementa hasta en 25% cada unidad de aumento en el índice de masa corporal (IMC) por encima de 22. ¿Cómo se define al paciente obeso? El exceso de grasa corporal, salvo contadas excepciones, está
estrechamente relacionado con el IMC dado por la relación entre
el peso corporal en kg y el cuadrado de la estatura en metros. Así
pues, un paciente de 1,60 metros que pesa 70 kg tiene un IMC de 27,34
kg/m2. El IMC ideal oscila entre 18,5 y 25. Por consenso, se habla de
sobrepeso, una condición de riesgo, cuando dicho
índice es superior a 25 pero inferior a 30. Los pacientes con
sobrepeso tienen un aumento de la incidencia de varias afecciones relacionadas
con el aumento de grasa corporal. ¿Qué otros parámetros, además del peso
corporal, son importantes en el paciente con sobrepeso? ¿Qué implicaciones tiene el exceso de peso para la salud? Está claramente demostrado que el exceso de grasa corporal incrementa las probabilidades de sufrir diabetes mellitus tipo 2, hipertensión arterial, osteoartritis degenerativa (con frecuencia incapacitante), enfermedad coronaria, hiperlipidemia, enfermedad pulmonar restrictiva, hipertensión pulmonar, insuficiencia cardíaca, colelitiasis, hígado graso, apnea obstructiva del sueño y algunos tipos de cáncer. Las mujeres con sobrepeso sufren con frecuencia de resistencia a la insulina, lo que se relaciona con mal funcionamiento ovárico que se traduce en hirsutismo e infertilidad por anovulación crónica. Así mismo, se incrementa el riesgo de complicaciones durante el embarazo, en particular diabetes mellitus gestacional. Por otra parte, es claro que las personas con sobrepeso sufren con mayor frecuencia rechazo social, depresión y trastornos del comportamiento alimentario como anorexia y bulimia. ¿Cuál es la relación entre obesidad y cáncer? La obesidad cursa con un aumento en la producción de estrógenos a partir de la aromatización de andrógenos en las células grasas. Un individuo produce tanta estrona como exceso de grasa corporal tenga. Es sabido que el exceso de actividad estrogénica es promotor del crecimiento celular de algunos tejidos específicos y, por lo tanto, de cánceres originados en ellos. Es el caso de la glándula mamaria y el endometrio. ¿Cuáles son las causas de la obesidad?
En niños, la asociación obesidad con hipocrecimiento sugiere fuertemente la presencia de un trastorno hormonal específico subyacente. En los adultos, el exceso de grasa raramente es el resultado de alguno de los trastornos endocrinos mencionados. De hecho, con frecuencia se atribuye erróneamente la obesidad de sujetos adultos a trastornos tiroideos, lo cual en muchas ocasiones conduce a tratamientos inapropiados. Descartando los problemas endocrinos específicos, es de anotar que la obesidad tiene un importante componente genético, como lo demuestran los estudios de concordancia en el exceso de grasa corporal con el grado de parentesco genético. Sin embargo, es claro que existe un gran componente ambiental como causal de la obesidad que explica su mayor prevalencia en el mundo desarrollado, en donde abunda la disponibilidad de alimentos cargados de calorías y es cada vez menor la actividad física. De igual modo la importancia del ambiente se sustenta en la prevalencia incrementada de obesidad en inmigrantes a Norteamérica provenientes de naciones con baja incidencia de obesidad como es el caso de Japón. ¿Cómo opera el balance energético en el organismo?
Sea cual sea el origen de la obesidad, queda claro que resulta de un disbalance a favor del depósito de grasa. La cantidad de grasa depositada y, por tanto, la ganancia de peso es proporcional al consumo calórico y varía inversamente con el gasto energético. A su vez, el gasto energético está conformado en su mayor parte por la tasa metabólica en reposo, por el calor generado por el consumo de alimento, por la actividad física y, en mucho menor grado, por factores como ciertas hormonas, temperatura ambiente y algunos fármacos. Así pues, todo incremento sostenido en la ingesta calórica tenderá a aumentar el peso corporal, mientras que cualquier estímulo en el gasto energético tenderá a favorecer la pérdida de peso (figura 1). De esta manera, expertos han calculado que si un individuo consume diariamente un exceso de 10 kilocalorías durante un año, en relación con lo que requeriría para mantener el peso, ganará cerca de 1 kilogramo durante dicho período, si los demás factores permanecen constantes.
Resulta sumamente interesante que hábitos asociados a poco gasto calórico, como ver televisión, están significativamente relacionados con la ganancia de peso en los niños. Recientemente dicha relación ha cobrado importancia en los adultos, no sólo respecto a la obesidad, sino también a la diabetes mellitus, como lo atestigua un estudio observacional liderado por el Hu, en la Escuela de Salud Pública de Harvard (Estados Unidos). El organismo humano es capaz de regular el gasto energético en reposo, de suerte que éste disminuye durante períodos de dieta o de inanición. Sin embargo, el factor más importante en su capacidad de regulación está dado por el control del apetito, el cual tiene lugar en el hipotálamo (lateral y ventromedial). Allí acuden señales de abundancia que suprimen el apetito, o bien señales de relativa escasez que estimulan al individuo a comer. Tales señales provienen del tubo digestivo, de las células grasas, del sistema nervioso simpático y de productos del metabolismo intermediario circulantes en el torrente sanguíneo. Por ejemplo, la leptina (una hormona secretada por los adipocitos), al igual que la insulina, la colecistocinina y la serotonina tienden a suprimir el apetito, mientras que otros factores como la orexina, el neuropéptido Y y el descenso en la concentración plasmática de glucosa, junto con muchos otros neuropéptidos hipotalámicos, lo estimulan. Con frecuencia diversas formas de estrés intervienen para favorecer o suprimir el consumo de alimento, de donde surgen trastornos de conducta alimentaria como la bulimia o el desorden de hiperfagia episódica, al igual que muchos casos de obesidad asociados a formas atípicas de depresión (figura 2). |
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