CURIOSIDADES Y...
| EL EFECTO PLACEBO
  Los cristianos de la Edad Media llamaban a misa de difuntos con las palabras Placebo Domine in regione vivorum (complaceré al Señor en el reino de los vivos). De ahí que la palabra placebo fuese utilizada como sinónimo de hipócrita, pues la frase anterior era entonada por plañideros profesionales contratados por los deudos.
   
Se cuenta que los médicos del siglo XIX, una vez agotados los exiguos recursos disponibles –pócimas inocuas o aun peligrosas, vomitivos, purgantes y sangrías–, recurrían a medicamentos inactivos, con el sano fin de proporcionarle un poco de consuelo al enfermo; esto es, usaban placebos con el fin de complacer al paciente. En la medicina moderna se entiende por placebo cualquier sustancia, procedimiento o manipulación del organismo que se utilice con fines terapéuticos, y del cual se sabe que no es causalmente eficaz con relación a la enfermedad tratada, pero que se le presenta al paciente como si lo fuera. Una medicina simbólica. En palabras más crudas, el placebo es una mentira terapéutica, pero que en algunos pacientes llega a convertirse en una verdadera curación o alivio.

El efecto placebo es un complejo fenómeno sicofisiológico en el cual el cerebro –o la mente, si se prefiere– parece imitar con increíble fidelidad una realidad imaginada. Efectivamente, cuando al paciente se le suministra un placebo en lugar de un fármaco específico para su enfermedad, su cerebro, de alguna manera aún mal comprendida, pone a veces en acción aquellos sistemas fisiológicos de curación que posee el propio organismo. En otros términos, el cerebro, en condiciones apropiadas, se convierte en importante instrumento de curación, capaz de responder selectivamente a variados simbolismos terapéuticos. Por tal motivo, el placebo actúa tantas veces como si fuese el medicamento adecuado. Un perfecto comodín terapéutico. Una panacea minimalista: todo se cura con un poco de nada.

Actualmente, el efecto placebo se acepta como un fenómeno real y de gran importancia en la medicina. Por eso se ha creado una obligación ineludible: con el doble propósito de conocer la eficiencia real de un medicamento nuevo y, de paso, eliminar las drogas ineficaces, es obligatorio contrastarlo con un placebo. Así, entonces, sin proponérselo, se ha descubierto que la respuesta a sustancias y procedimientos neutros puede ser mucho más alta que lo que por siglos se había creído; es decir, que un número grande de personas recibe alivio con elementos neutros, pero siempre que sean presentados como activos y específicos contra la enfermedad en cuestión.

No hay duda de que el placebo es el fármaco más prodigioso con que cuenta la medicina y el soporte de las miles de terapias que pululan con el nombre de medicinas alternativas. Por un lado, los investigadores han encontrado que tiene una envidiable eficacia que, en promedio, ronda el 33%, siendo aún mucho mayor en el tratamiento específico del dolor. Además, sirve para casi todas las enfermedades, está disponible en cualquier rincón del planeta, no tiene insumos costosos, no es dañino en casi cualquier dosis –salvo que se aplique contra una enfermedad mortal como el cáncer–, lo puede manejar cualquier practicante sin saber una letra de medicina y, lo más notable de todo, es milagroso, pues no guarda relación directa de causalidad con la enfermedad. Un verdadero prodigio.
El efecto placebo posee ciertas características destacables. Se ha observado que es más pronunciado mientras más impresionantes, misteriosos, complicados y caros sean los procedimientos seguidos; y los mejores pacientes son los ansiosos, dependientes (quieren siempre agradar a su médico), aquellos que poseen una personalidad histriónica, muy preocupados por la salud, de poco espíritu crítico o muy religiosos.

En general, los pacientes con mentalidad positiva acerca de médicos, drogas, enfermeras y hospitales son más propensos a obtener mejores resultados con los placebos que aquellos con orientación negativa. Por ejemplo, si a un paciente con dolor agudo, que muestra una actitud favorable hacia el medicamento, un médico de prestigio le prescribe un placebo, puede presentar una respuesta mayor que la de un paciente con dolor crónico, que encuentra peligrosas las drogas y que, además, el placebo le ha sido recetado por un médico considerado por él de bajo rango.

Y cuando la dupla médico-paciente cree que la terapia será benéfica, se obtiene un efecto placebo amplificado.

Los placebos son selectivos respecto a las dolencias: para unas se muestran muy eficaces, pero poco o nada para otras.

Y se ha observado que si el placebo se usa repetidamente, va perdiendo eficiencia.

La “puesta en escena” es fundamental para lograr la docilidad mental del enfermo y la notoriedad del terapeuta es factor importante para que se produzca el efecto, e influyen sobremanera el interés que éste demuestre y la confianza que inspire en el paciente.

A propósito, el antropólogo Lévi-Strauss, al referirse a Quesalid, un chamán que llegó a tal categoría tratando de probar que ese oficio era fraudulento, dice: “No se convirtió en un gran hechicero porque curara a los enfermos; sino que sanaba a sus enfermos porque se había convertido en un gran hechicero”.

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